7/09/2012

Algunas clases de tontos (III)


  La tonta:

  Apenas hay palabras para describir a la tonta. La tonta es inefable, abundante e inconcusa.


  Quien se hace el tonto:

  Hacerse el tonto es una forma de defensa arraigada en el ser humano cuando una situación le infunde miedo. Y es que el miedo atonta, irremediablemente. De hecho, uno de los mayores peligros que se corre en este caso -y en no pocas situaciones el miedo nos asalta tentándonos a pasar por tontos-, es hacerlo demasiado bien, ya que entonces se tiende al acomodo y la tontería acaba por enseñorearse de todo.


  El sincero:

  Este sabe de su tontuna, y que también la sinceridad miente, porque es personal, exclusiva. La sinceridad es la verdad de alguien, su verdad, no necesariamente la verdad. Y el sincero, obstinado en que es imposible callarse del todo, como no encuentra nada mejor, dice lo que piensa, y, así, se coloca siempre ante el abismo del error.


  El silencioso:

  Este no está aún libre de la tontería, pero le queda poco.


  El tonto a medias:

  Este se conforma con ser tonto la mitad de la vida y ver qué pasa en la otra mitad, pero arrastra siempre un lastre muy pesado.


  El maleducado:

  Este no respeta a los demás, probablemente para no tener que respetarse a sí mismo. Como Borges, comete "el peor de los pecados que un hombre puede cometer", pero no porque no sea feliz, sino porque ahuyenta de su lado cualquier forma de amistad.


  El hipócrita (o falso cínico):

  Este desprecia a los hombres, pero no se separa de ellos ni se atreve a ladrarles, de manera que, ante él, la buena fe se verá siempre traicionada e inerme. No puede haber nada más dañino para quienes intentan ser honrados, para quienes todavía no han claudicado y por lo menos lo intentan. Sin embargo, casi más odioso es contemplar cómo el hipócrita, al reivindicar sus derechos con el argumento de que "sin hipocresía la convivencia resulta insoportable", mancilla grotescamente la memoria de Diógenes. Porque tal cosa sólo ocurre si hablamos de convivencia entre cínicos, ¿y qué cínico reclamaría el derecho a una convivencia soportable?

7/07/2012

Algunas clases de tontos (II)


  El tonto que conoce su tontería:

  Este puede llegar a sabio.


  El tonto que ignora su tontería:

  Aparte de insulso hasta causar sopor, este resulta molestísimo; te mete en líos sin parar. Es preciso permanecer en guardia contra él, lo cual no resulta muy complicado: basta con mantenerse a la debida distancia. Esta clase de tonto es en ocasiones inocente en extremo, así que suele reconocer a quienes se portan con él con benevolencia, aunque ello no garantiza que el tonto en cuestión vaya a agradecerlo cuando se vea en dificultades, antes al contrario, ya que, dadas sus escasas luces, tiene muy mala memoria.


  El tonto que se cree inteligente:

  O que se cree “muy listo”, según su propia terminología. Este es más difícil de sortear, pues se comporta con frecuencia de forma cobarde y pusilánime. Se autoengaña de continuo y no duda en recurrir a la delación o a la mentira ante el menor apuro. Es falso de pies a cabeza. Con él no parece suficiente mantener distancias. Es forzoso lidiarlo de vez en vez; incluso, llegado el caso, dejarlo en ridículo o hacerse respetar contestándole oportunamente con un exabrupto. Esta clase de tonto habla de fútbol y juega a lotería en cuanto se le presenta la oportunidad. En política es voluble: va hacia donde sople el viento, arrimándose al sol que más calienta.


  El tonto que se cree inteligente y, además, está revestido de alguna clase de autoridad:

  Este es el más peligroso de todos. Con frecuencia es un tonto de la clase anterior venido a más. Su creencia ha sido confirmada por el poder, por tanto, es prácticamente imposible que subsane su error. Suele ser violento y, a menudo, cruel, puesto que no concibe las relaciones en pie de igualdad: aunque no exista un motivo, a la menor ocasión pondrá de relieve los errores de quienes han de obedecerle, que sufrirán sin cesar toda clase de acusaciones y abusos por su parte. Necesita pisotear y humillar a otros, de lo contrario cree que es él quien está siendo pisoteado y humillado.


  El tonto que se cree inteligente y, además, exige ser revestido de alguna clase de poder, tratado como una gran autoridad y que se le rinda pleitesía, aunque no ostente poder alguno debido a su vanidad, que le impidió doblegarse cuando tal vez ese poder podía haberle sido conferido, pues sabido es que para disfrutar de algún poder resulta imprescindible someterse previamente. Esta clase de tonto observa como una gran deferencia que se le debe el hecho de contemplar la voluntaria humillación de los demás ante su persona; está, por tanto, frustrado de continuo, pues eso que él tanto espera, no acontece casi nunca.


7/05/2012

Algunas clases de tontos (I)


  El tonto de remate:

  Este aporta la dimensión cómica de la tragedia. La tragedia incluye una dimensión cómica; en su consumación, en vida, es tragicomedia. El tonto de remate dice gol, por ejemplo, o cualquier otra cosa que exprese ese carácter fatal, irremediable de la tontería, que fuerza a la compasión y ya no enfada, ante el cual sólo es inteligente reír.
  El frívolo lo tendría harto difícil sin esta clase de tonto.


  El frívolo:

  Se dirá que frivolidad y estulticia nada tienen que ver entre sí, e incluso que aquella requiere de cierta brillantez intelectual, puesto que el frívolo se divierte, mientras que el tonto aburre (y se aburre) mortalmente. Pero si se observa de cerca, la frivolidad más parece la forma suprema de tontería, pues una cosa es divertirse y otra muy diferente convertirlo todo en diversión.
  El frívolo cree que juega, pero no es cierto, pues ríe siempre, es decir, que, aparentemente, nunca pierde. ¿Y qué juego es ése donde no ha lugar la derrota? Quien así juega, hace trampas. En el juego se está de continuo expuesto al fracaso, más aún: tanta es la tontería del hombre, que se fracasa casi siempre. Pero esto no desmerece en absoluto al juego, cuya virtud reside en que, jugando, el hombre aprende a perder. Porque el juego no es medio, sino fin por entero. No sirve a la diversión, sino que es en sí mismo el soberano que más libre, intensa y verdaderamente hace vivir, aunque sea en perpetua vulnerabilidad ante los peligros.
  El frívolo olvida que, como advirtió Casanova, “un tonto es lo más peligroso del mundo”. Pretende sacar tajada sean cuales sean las circunstancias. A simple vista, da muestras de cierto ingenio, sin embargo, por cuanto se toma todo a broma excepto su propia diversión -que encara con patética severidad-, se halla inmerso en el trance más desesperado que pueda imaginarse. Sabiendo de la irrupción aniquiladora de la tontería, que de todo se adueña y a cada paso con mayor pujanza, actúa como si esto no encerrase un escollo para su alegría; y ríe, ríe sin parar, con una risa estrepitosa, a grandes carcajadas, deformadas las facciones del rostro, creyendo obcecado que risa y alegría son intercambiables, seguro de su superioridad.
  Pero no, la alegría no es cosa de risa. Es trágica. Y el frívolo, que tiene suficiente lucidez para ver la tragedia que encierra el dominio totalitario de la estupidez sobre la vida humana, debido al cual él ha optado por divertirse invariablemente, niega sin embargo que ello pueda suponer un problema, se niega a hacerle frente, se niega, por tanto, a perseguir la sabiduría. Tal vez intuye que entablar esa partida, jugar de veras el juego, le acarreará inexorablemente la derrota. Y esto no lo consiente el frívolo, que prefiere mil veces ahogarse entre muecas decadentes antes que asumir la tragedia, antes que arriesgarse a jugar y perder, y menos aún a perder con alegría, como esos enemigos insobornables de la tontuna que caen sin cesar entretanto el frívolo se divierte con el espectáculo, heridos de muerte ante ella, tontos obstinados en rebelarse contra su ignominiosa condición, a los que su propia tontería no les hace ninguna gracia.

7/03/2012

Fractales


  Veo la urdimbre inconmensurable de relaciones en que me desenvuelvo, tanto individual como políticamente considerado. Mi familia, mis amigos y conocidos, la lengua en que me expreso y que entiendo, los partidos a los que no voto, las religiones en las que no creo, las ideas que no comparto, lo que como y lo que bebo, la mar fulgiendo como un espejo de plata en el horizonte y este calor intenso de todos los veranos, las costumbres que he adoptado, como leer filosofía, madrugar, ducharme a diario, trabajar cinco días a la semana o fumar una o dos pipas de kif de cuando en cuando, las experiencias que he pasado... Recuerdos que una y otra vez vuelven, cada vez con mayor fuerza. Toda la juventud ya en el recuerdo ¡y aun así más viva que nunca! Me veo plenamente consciente de mi juventud y, como siempre, el conocimiento llega después de lo que hubiera deseado.
  Veo que, asímismo, mi familia, mis amigos, mis conocidos, mis desconocidos, y todo bicho viviente contemporáneo o pretérito, se hallan o se han hallado inmersos en amalgamas comparables a la que me afecta a mí, con algunos puntos o incluso ramificaciones en común entre ellas pero originales en casi todo lo demás, siempre nuevas, como fractales.
  Al fin veo eso que quizá en pos de una hipotética objetividad -la cual no deja en el fondo de ser mera asepsia y, por tanto, relación superficial con aquello de que trata- algunos denominan entorno o red sociales; y que dichas perspectivas casi nunca tienen en cuenta aspectos como el clima, la alimentación, la lengua, las costumbres, los pensamientos y las vivencias de cada cual, fijándose fundamentalmente en parámetros económicos y de integración social para establecer esta o aquella visión de la realidad.
  Entorno… red… como si además de rodearlo, no lo traspasara todo eso a uno... ¡Pues también se es entorno y red!, ¡piedra y centro arrojados al mar!
  El viento azota los pinos afuera. Y cuanto más claro lo veo, más complejo se me aparece el mundo. En sabiduría no hemos progresado desde Heráclito. Hegel, que es filósofo, escribe una nota inmensa al pie de Heráclito. Parece que describa ese pie humano con el que el Oscuro midió el sol.


7/01/2012

Dudar o temblar


     ¿No son dudas también esos temblores insondables de la incertidumbre que ante el amor, la muerte, el dolor, la belleza, el arte y tantas otras experiencias significativas de la vida, asaltan el pensamiento y lo estremecen, como si trataran de succionarnos? ¿No son ellos, que lo niegan todo y van sumándose, las verdaderas dudas?
     Sin embargo, afirmar que se siente el vértigo de temblores insondables resulta de mal tono. Tan de mal tono como negar que se alberguen dudas. Y así, se duda sólo hasta ciertos límites. De manera que, por lo general, la duda no guía el pensamiento, sino que el pensamiento se sirve de la duda cuando algo no se ajusta a su visión.
     ¿En tales circunstancias, no es la duda únicamente un útil de la fe?
     Cabe sospechar de la duda hasta el punto de que resulte preferible hablar de temblores insondables de la incertidumbre, pero no de dudas. Para que nadie se llame a engaño y porque, de ese modo, quizá contribuimos a que la duda recupere su rango en el entendimiento humano.

6/23/2012

El centro está en todas partes



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En las fiestas.- Llegar tarde y marcharse pronto sin volver la cara o quedarse hasta el final.

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Expertos, científicos, enfermos, usuarios e incluso artistas debaten en televisión los términos de un posible control médico y farmacológico del cannabis. Por supuesto, un uso recreativo, que es lo que confiere relevancia social al debate, se desaconseja. Ningún uso no enfermo, esto es, ningún uso sano de la droga. Para esto fue definitivo el testimonio de la novelista.

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El océano es el mayor ebrio, se embriaga de vientos.

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1998.-Jünger y Castaneda descansan con Paz. Mal año para la psiconáutica.

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Ecuánime y objetivo.- Palabras de roca. Lo ecuánime sale de la roca, lo objetivo se le impone a la roca.

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Escribir en cualquier parte, en el mismo sitio a horas fijas o sentado en una gran laja al lado del río.

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Lo que aparece es más que su apariencia.

6/19/2012

Contra la navaja de Ockham


     Salvo que se aplique el derecho a la pereza o la ley del mínimo esfuerzo, a la hora de interpretar el mundo, parece claro que es preferible una teoría más compleja y más acertada a una más simple y menos acertada. La pereza y la racanería, -auténticos motores de esa hipocresía llamada principio de parsimonia-, tal vez sean oportunas en política, son legítimas en ética e indiferentes para la moral, pero son filosóficamente erróneas, puesto que la filosofía, aunque no pueda impedir descalabros particulares, tampoco debe apoyarlos. El menor número de axiomas en que se sostienen las teorías simples no presupone la existencia de éstos en las teorías complejas, que, al contrario que aquéllas, no tienen por qué fundarse necesariamente en axiomas, o, eventualmente, de hacerlo, no exigen de tales axiomas que se resuman en uno solo, primen unos sobre otros o se excluyan entre sí, pudiendo darse simultánea y contradictoriamente, en equilibrio inestable o como juego armónico, inagotablemente descriptivo y creador. La economía de la naturaleza lleva la impronta de la fecundidad, no de la escasez, y lo complejo pone de manifiesto esa infinitud, negando la necesidad de reducir el mundo al simplismo de dogmas indemostrables que sólo sirven para ocultar y falsear la ignorancia fundamental, socrática, que toda teoría desvela cuando es cierta.

6/11/2012

El dinero es poco



  No hay estética sin ética. Y al revés.


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  En tiempos de transición hay quien se aferra a la duda con auténtica fe. El escéptico, en cambio, se atiene al error.


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  La vieja disputa entre la espada y el espíritu -que ocupó a Napoleón o a Camus, entre otros- se ha resuelto sin lugar a dudas en favor de la espada. Contra ella sólo nos queda el cuerpo, desnudo.


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  Lo más duro es la piel.


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  La humildad es la vía más rápida hacia la humillación.


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  Del hecho de la obediencia no puede derivarse un derecho al mando.


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  El dinero es poco.


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  Considerar los periódicos obras de ficción pura, necesarias para aligerar cada día un poco el peso de la verdad.

5/24/2012

Nuestra enfermedad política


     La oligarquía de partidos cada vez más maniquea que padecemos, obliga con frecuencia a que el poder sea asumido por irresponsables. Es nuestra enfermedad política. Y se extiende cobrando tal magnitud que parece no haber modo de remediarlo sin necesidad de recurrir a la violencia, pues los irresponsables que nos gobiernan no quieren reconocer las tropelías que necesariamente perpetran para llegar a donde están, ni se avienen a hacer las modificaciones legislativas que permitirían vivir sin someternos a más poder que el del autogobierno. Y sin embargo, no merece la pena hacer uso de la violencia, ni siquiera contra ese poder ávido y frívolo que día tras día se nos impone, marcándonos la derrota. La historia del ser humano es la historia de su fracaso como animal político. La sucesión de guerras absurdas, esa manía del control, de querer que las cosas sean de esta o aquella manera, sin jamás dejarlas ser lo que quiera que sean, muestran un paisaje injusto y desalentador. Parece que la libertad de expresión sea el único ámbito de libertad política que queda, pero también que hay vida fuera de la política, y más rica y habitable. A fin de cuentas, es posible que hayamos mejorado en algo con los años y seamos capaces de vivir con más libertad política, aun cuando lo probable sea que ésta siga menguando. Los caminos de la libertad son infinitos y desconocemos la mayoría de ellos.

5/17/2012

Atmósferas desconocidas (sobre los paisajes de Claudio Aldaz Casanova)




     En una anotación de su diario, correspondiente al dos de enero de 1947, escribe Jünger: “Si en este estadio de ahora fuese ya perfecto un cuadro, ello sería un signo de que el artista ha renunciado a la posibilidad extrema y se ha resignado”.
     Esa posibilidad extrema es lo que investigan las pinturas de Claudio Aldaz, que por un lado miran al mundo con dolor y por otro renuncian a conformarse con la alienación de la técnica y el futuro. De ahí su imperfección, que no es voluntaria, sino que ocurre como una necesidad, porque se está ahí. Se trata de una mirada que interroga al mundo sin cesar, surcando paisajes sorprendentes y descubriendo en ellos un enigma ante el que no bastan los elementos románticos, primitivos, ni los estrictamente técnicos. Son, en parte, una aventura en el vacío, entendiendo por vacío, aquí, lo desconocido.
     Centinela.
     Descargando... paisaje romántico.
     Química orgánica.
     Atmósfera desconocida verde.
     Los propios títulos denotan ya complejidad. Es más, ni siquiera esos títulos son fijos, a veces cambian, porque el paisaje no se deja apresar, no se puede reducir. El movimiento está presente siempre. En cada lugar el infinito se impone con una sobreabundancia capaz de provocar aturdimiento. La interrelación de todo lo que hay es continua, tanto que no bastaría un cuadro -ni aunque fuese un cuadro perfecto-, son precisos múltiples cuadros, y es preciso que esos cuadros se comuniquen.




     Los paisajes que aquí se muestran son externos: planos, cuerpos humanos, desiertos, montañas, caminos, escenas del espacio... Están influidos por la literatura futurista y de ciencia ficción, por el presente de una sociedad acelerada e irreflexiva, consumista, llena de aparatos de recepción y multitud de títulos, y que ataca sin consideración a la naturaleza; una sociedad políticamente enferma, donde está teniendo lugar una transformación técnica de impredecibles resultados. Claudio mira ahí con lucidez, trágicamente alegre. Siente la fertilidad, la sensualidad del mundo y especula con la enormidad que se abre ante sus ojos entre el suelo y el cielo. Utiliza tela, madera, óleos de todos los colores, alternando la luz y la oscuridad, barnices vegetales, ceniza, insectos y conchas de caracol. Así, las pinturas transmiten fisicidad y verdad, adquieren un carácter en ocasiones orgánico, terrestre, de pura materia viva.
     No obstante, ese exterior desconocido, caótico del cosmos tiene su correlato en el infinito interno del hombre. El paisaje, los paisajes, son también internos; quizá, ante todo, sean internos a pesar de las referencias culturales que en ellos aparecen. Entramos, de este modo, en el territorio que el pintor explora en tanto que psiconauta, en tanto navegante de su propia psiké, en tanto asume el riesgo de la libertad y decide emprender también ese viaje, movido por una curiosidad que nunca llega a saciarse, que quiere más y más vida.
     Se trata de esa dulce embriaguez que provoca el sexo, de la exuberancia y el vértigo que traspasa los cuerpos en el placer. La carne y la piel se vuelven también paisaje. Los cuerpos se funden voluptuosamente con la tierra, las cinturas acogen valles sinuosos, los senos se convierten en colinas y los culos perfilan la línea curva del horizonte.
     Y se trata también de la experiencia con drogas, con substancias que rompen fugazmente las cadenas del pensamiento y la sensibilidad convencionales, que generan nuevos interrogantes, donde pensar y sentir son lo mismo. Se trata de la ebriedad como posibilidad que abre la percepción a dimensiones diferentes de la existencia, sobre todo de la propia existencia, del propio yo. Se trata de sueños y pesadillas. Se trata de un peligro planetario. Y se trata de todo lo que, al cabo, aún ignoramos de nosotros mismos.
     La sucesión de interrogantes acerca del mundo y el hombre implícitos en estos paisajes permite a cualquiera que los contempla reconocer aspectos que a él mismo, alguna vez, le han inquietado o pueden inquietarle. Pero, en todo caso, la indagación comunica con el espectador, pone en común con él problemas y experiencias, a sabiendas de que las preguntas no tienen fin, de que las respuestas son frágiles y escasas, y de que la tarea resulta, por tanto, inmensa, tan desoladora y dolorosa por momentos como feraz y pródiga en recompensas.


[La muestra Atmósferas desconocidas, de Claudio Aldaz Casanova, se expone desde el 10 de mayo en el Bar(co) El Mallorquín, C./ Joaquín Costa, 10, Murcia.]

5/11/2012

Acerca de "Reflexiones sobre Norteamérica", de Miguel Espinosa


We are America.
We are the coffin fillers.
We are the grocers of death.
We pack them in crates like cauliflowers.
The Firebombers. Anne Sexton (1)

     Seguir en su delirante andadura a quien se autoproclama como líder quizá sea, salvo contadas excepciones que no hacen sino confirmar la regla, una de las pruebas más fehacientes de la humana tontería. Antes al contrario, observarlo detenidamente, estudiar sus movimientos, retórica y acciones con rigor, adivinar sus contradicciones internas, sus flancos débiles, sus vicios y virtudes o incluso su estilo, esto es, aprehenderlo en su específica complejidad, supone garantía de protección ante los más que probables atropellos que de su parte se han de recibir en cuanto la guardia baje, ya que, de otro modo, enfrentarlo abiertamente en plena exhibición de su desmesura no revela sino imprudente temeridad. Parafraseando a Jünger: cuando un rinoceronte embiste, lo sensato es apartarse sin perderle de vista, no oponérsele de forma suicida.
     Esto es, a mi juicio, lo que lleva a cabo Miguel Espinosa en el libro que nos ocupa. Lejos de conformarse con la retahíla de lugares comunes, prejuicios infundados, etiquetas vacuas y clichés tan en boga, a saber: que los Estados Unidos constituyen un pueblo sin apenas historia (2), sumamente inculto y orgulloso de ello, cimentado sobre la peor calaña europea, ignorante de cuanto existe allende sus fronteras, ajeno a cualquier eventualidad salvo a un autocomplaciente mirar la superioridad del propio ombligo embobados los ojos en la televisión y su omnímoda realidad, etcétera (3), sorprende que Espinosa, en estas Reflexiones, escritas cuando apenas contaba treinta años y que publicó la Revista de Occidente en su primera edición allá por 1957 con el título de Las grandes etapas de la Historia Americana, manifieste no sólo un profundo conocimiento del sentido de la Historia, sino gran claridad y agudeza de análisis a la hora de abordarla. Insólita opera prima, pues, estas Reflexiones, cuyo más claro antecedente se encuentre quizá en el tratado que Alexis de Tocqueville dio a conocer en 1835 acerca de La democracia en América. En ellas, Espinosa, sin titubeos, se expresa ya con ese estilo culto, preñado de influencias clásicas y fervor por la antigüedad mediterránea que libros posteriores consumarían, que recoge magistralmente el mejor legado de Cervantes y el barroco español, donde el sentido de lo estético queda vertebrado mediante una apuesta ética insobornable, sin la que no se concibe, y que no sólo trasluce el poderoso aliento especulativo que animará toda su obra, su contrastada familiaridad con la Historia de la Cultura, de Platón a Hegel pasando por Spinoza y la Ilustración, sino que le exime, pese a su juventud, de caer en ingenuidades, demostrando poseer sobradamente esos dos elementos necesarios en toda Filosofía que se precie: intuición y amor veritas. Veámoslo en un fragmento que resulta esclarecedor y en el cual define el autor murciano tres conceptos clave a partir de los que estructurar su ensayo: Infrahistoria, Historia Natural e Historia Universal (4):

«La Infrahistoria carece de calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. En ella no transcurre el tiempo; se detiene simplemente. Todo es allí idéntico, inmutable, eterno, falto de consciencia, fatal y determinado. Tales son los ejemplos del salvaje y de ciertos pueblos donde apenas cuenta la persona, pues no existe Historia donde no hay individualización.
     »La Historia Natural posee calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Sin embargo, su especial característica estriba en materializar la expectativa humana de felicidad, a cuyo servicio están todas las demás categorías. Por ello resulta una empresa interior e inmanente, como la vida de las mujeres; algo absorto en sí mismo, que no ha podido elevarse y trascender a un empeño superior. El elemento fundamentalmente histórico de la memoria es aquí un valor subjetivo, sólo capaz de recordar el placer o el dolor. De ahí que esta realidad surja en la adolescencia o en la vejez de los grupos humanos, aunque su ideal llegue a concebirse como alto proyecto de sabiduría en ciertas comunidades o espíritus debilitados, verbi gratia, en la Europa nihilista o en Rousseau.
     »La Historia Universal conoce también calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Lo imprevisible, discontinuo e indeterminado se verifica allí de modo objetivo, superando la simple calidad de suceso. Se trata de una empresa donde el conjunto de individuos parece ocupar el lugar de materia informada por un demiurgo exterior y eminentemente soberano, que opera como artista sobre la sustancia del hombre, actualizando una nueva y perenne recreación. Frente al mero suceso de la Historia anterior, la aparición de tal genio representa un verdadero acontecimiento, es decir, algo que puede ser expresado en símbolos. Ahora bien: al pasar del suceder al acontecer, o de la naturaleza al espíritu, se pasa igualmente de la felicidad a la responsabilidad, o de la biología a la abstracción. En la Historia Universal brota una categoría ajena al instinto común. Es la condición de la Cultura, que arranca la sociedad de los maternales brazos de la rerum natura, para elevarla a una posición o jerarquía superior, que hace posible, por así decirlo, la colaboración con el creador. En este sentido cabe afirmar que la Historia Universal sea parte de la naturaleza de Dios y del Espíritu, en eterno fluir y desenvolvimiento.»

     Así pues, la Infrahistoria coincidiría con la etapa previa a la llegada de los colonos europeos, momento a partir del cual adviene la Historia Natural de Norteamérica, caracterizada por la decisiva impronta del alma puritano-cuáquera, no tanto en su vertiente religiosa-protestante como en su vertiente política, constituyéndose la sociedad en pequeñas comunidades radicalmente independientes, con marcado sentido individualista, donde la persona singular es inseparable del estado y viceversa, y cuya culminación o punto álgido representa la Declaración de Independencia de Thomas Jefferson, plasmación de un ideario basado en la subjetividad que tiene en la libertad, la igualdad y la búsqueda de la felicidad, derechos naturales comunes a todos los hombres y, como tales, "verdades evidentes", sus más altos valores. Ese periodo alumbra los estados federales, que disfrutan de enorme autonomía y cuyo principio es el autogobierno, desprovistos de inquietud respecto del exterior. Ahí recibe Norteamérica, encabezada por Jefferson –embajador en París durante la toma de la Bastilla- la herencia ilustrada, pero consciente de su peculiar idiosincrasia, de su diferencia sustancial en relación con el viejo continente, formando una Weltanschauung o concepción del mundo propia que es quizá el elemento configurador imprescindible para la nueva república. Tal coyuntura, que encarna la única revolución no violenta de la Historia, es el "campo de experimentación de utopías occidentales".
     Esa Sociedad Natural, apuntalada por un sólido sentimiento de independencia, en la que la democracia, más que a través de instituciones, cobra cuerpo a través de los individuos, desemboca en una tensión insostenible con el poder central, ávido de ampliar sus competencias, y provocará a la postre, ya con Lincoln como presidente, la Guerra de Secesión o, como Espinosa prefiere: Conquista del Sur, pues a su parecer semeja más una guerra de conquista que una guerra civil senso stricto (5).
     La sociedad surgida tras el conflicto bélico, no ya natural y en ciertos aspectos telúrica, sino institucional y, en suma, moderno estado central al modo europeo, es calificada por Espinosa como Sociedad democrática. En esta renovada situación, Estados Unidos tiene "en los negocios su negocio", una imparable vocación de apertura al exterior que se concreta ante todo en Latinoamérica, y a la vez lleva a término un excepcional proceso expansivo, desarrollándose el país geográficamente en un territorio cada vez mayor: Alaska en el norte, Texas al sur y Oregón y California en la costa oeste.
     Serán el crack de Wall Street el año 29 y Europa abocada hacia una guerra de inusitadas dimensiones, el punto crítico que producirá una nueva revisión en los fundamentos de la nación. La subsiguiente llegada a la jefatura del estado del populista F. D. Roosevelt acarrea una controversia inédita, jurídica esta vez, pues los métodos socializantes del New Deal (nuevo trato) se revelan contrarios a la constitución original, al Weltanschauung de los Padres de la Patria, de forma que ante el dilema planteado entre optar por un debilitamiento del estado o recurrir a la intromisión del ejecutivo en el poder judicial que requería la reforma constitucional, la utilidad se impone a la libertad y la masa social decide respaldar a Roosevelt con una aplastante mayoría en su segundo mandato.
     Montesquieu se retuerce en su tumba y nace un nuevo ente político que, según Miguel Espinosa, trasciende de Sociedad democrática a Estado democrático, concepción que introduce a Estados Unidos con todas las credenciales en la Historia Universal preconizada por Hegel. Ahora no es el individuo quien realiza la democracia, ni siquiera la comunidad, sino el propio estado. Sólo el estado es ahora democrático, llegando a implantarse una auténtica "dictadura de la democracia".
     El discurrir que describe Miguel Espinosa ofrece una sociedad proteica, metamórfica, pero siempre en una dirección clara: a la sazón que el poder central se fortalece en detrimento de las atribuciones de las federaciones y, por ende, de los propios individuos, se despliega progresivamente una ambiciosa política exterior. Ambos aspectos sustancian lo que significan hoy los Estados Unidos.
     En los antípodas del tópico que etiqueta a la sociedad yanqui de solipsista, Estados Unidos es hoy lo que padecemos gracias a su creciente proyección internacional, que, en el colmo de la hipertrofia, adquiere rasgos mesiánicos de redentora universal y es en demasiadas ocasiones indiscernible de una ordalía medieval (6). Nada más distante de la Weltanschauung de los Padres de la Patria, cuya religiosidad, por el contrario, era no sólo terrenal, sino vaga, y cuyo propósito estribaba en conquistar la libertad limitando el poder con ayuda de las leyes. Republicanos como Jefferson o Madison jamás se hubieran avenido a la aberración de mantener el poder menoscabando la libertad y faltando a los más elementales principios del derecho.
     Valdría la pena un estudio que, medio siglo más tarde, actualizase estas Reflexiones. Como canta Bob Dylan, Things have changed, y saber en qué medida aproximadamente nunca está de más.
     Uno se ve tentado a sugerir, por ejemplo, que en los últimos años la política exterior norteamericana se ha expandido no ya en lo político, sino en lo puramente económico, de lo cual lo político se ha trocado obediente hermano menor, mero instrumento al servicio de los negocios y la despiadada moral a ellos inherente. Ese y no otro ha sido el pingüe botín de la Segunda Guerra Mundial, respecto de Alemania y Japón, y de la Guerra Fría respecto del bloque soviético y China. Contiendas tras las cuales la política de Estados Unidos ha pasado de tener "en los negocios su negocio", a hacer de la Guerra el negocio de los negocios. De forma que el Pentágono administra hoy el miedo global con una rentabilidad inaudita a lo largo y ancho de Infrahistorias, Historias Naturales y Universales. En ello ha descubierto el otrora país de Walt Whitman la empresa mercantil par excellence.
     La duda crece a la hora de elucidar si el propósito de Estados Unidos radica hoy en erigir un Imperio mundial o antes bien en limitarse a gobernar el caos, esto es, a permitirlo, suprimirlo o manipularlo según su particular interés.
     Cualquiera puede, además, darse cuenta de que desde J. F. Kennedy la limpieza de los procedimientos electorales norteamericanos deja bastante que desear, alcanzando el paroxismo de la desvergüenza en la elecciones que encumbraron al dipsómano presidente Bush hijo. Por ello puede cualquiera preguntarse sin temor a ser tachado de apocalíptico si de la "dictadura de la democracia" rooseveltiana que señalaba Espinosa no se habrá acaso pasado a una "dictadura de la economía" o, por mejor decir, "dictadura del dinero" sin más, pues no denota excesiva lucidez económica fomentar una industria que en su mayor parte es pura depredación de los ecosistemas. Tiranía en la que grandes corporaciones empresariales, corrompidas hasta los tuétanos (casos Xerox, Enron, Arthur Andersen, etcétera), subvencionan a los partidos políticos poniendo y quitando presidentes a su antojo al tiempo que los despojan de toda influencia respecto de su propio país, librando los delirios de tales títeres castrados y edípicos hambrientos de poder exclusivamente al ámbito internacional, donde ejercen su señorío inobjetable con la pusilánime aquiescencia de los representantes del resto del planeta, gobiernos europeos a la cabeza, pues es sin duda Estados Unidos el garante máximo de toda verdadera democracia, como en Florida se probó de forma transparente.
     A todo esto cabe añadir que el atentado del 11 de septiembre de 2001 sirvió al ejecutivo estadounidense para perpetrar, amparándose en la consecución de una mayor seguridad (7), un auténtico Golpe de Estado, ciertamente velado, pero Golpe de Estado a fin de cuentas, pues cuando a los cuerpos de seguridad y al ejército de cualquier país les son concedidos en sus actividades poderes discrecionales poco menos que ilimitados, (y así con la Administración en general, que más bien se autoconcede tales prerrogativas), por mucho que esos privilegios sean habilitados mediante leyes escritas, se conculca el principio de legalidad o rule of law, que precisamente nace para evitar tal arbitrariedad. El imperio de la ley consiste en que la entera actividad del estado esté sujeta a regulación a fin de que pueda preverse cómo el poder va a actuar en todo momento frente a una u otra situación. Ese principio es lo único que verdaderamente garantiza cierta seguridad, acaso la única posible: la seguridad jurídica. Una administración a la que se le permite actuar discrecionalmente cuando y como desee, por más que sean las propias leyes las que le permitan hacerlo, no se atiene a los postulados del estado de derecho, pues éste constituye una técnica para el control del control, no para la extensión del Leviathan hasta el espacio de lo íntimo y cotidiano, terreno inocente donde, si algún vestigio de civismo y respeto mutuo nos queda, debemos tener por intolerable cualquier clase de injerencia.



Notas:

(1) Nosotros somos América. / Somos los que rellenan ataúdes. / Somos los tenderos de la muerte. / Los envolvemos como si fuesen coliflores. (Los Bombarderos. Anne Sexton).

(2) Como si la historia, o el pasado, justificaran lo que hoy pasa sólo cuando así ha sucedido desde siempre, no teniendo de este modo lo meramente posible carta blanca para realizarse jamás y condenando a la historia, que es por esencia dinámica, a un estatismo incongruente. O peor: como si la historia otorgara derechos en el presente, olvidando, paradójico fanatismo de la memoria, que no es la antigüedad lo que sustenta un derecho, sino su íntima justicia, sin la cual, por viejo que sea, debe desaparecer. Lo más que hace ese campo asolado de sangre, mentiras e iniquidad que es la Historia, y conviene valorar esto en la medida que merece, es ayudarnos a explicar el presente y ser conscientes de los errores que no han de repetirse. Como dice Polibio: “La humanidad no posee mejor regla de conducta que el conocimiento del pasado”.

(3) Tópicos de esa ralea resultan intolerables siempre, pero mucho más cuando se trata de interpretar lo que ya Tocqueville reconoció como “el gran enigma social que los Estados Unidos presentan al mundo”. Aun así el oído se acostumbra a escucharlos por doquier, -simplemente porque evitan la enojosa tarea, a punto de total extinción, de pensar por uno mismo, siquiera sea cinco minutos, en lo que verdaderamente puedan ser las cosas e intentar, por más penoso que intentarlo parezca, ilustrarse al respecto-, velando así la multiforme realidad, sus variadas y policromas facetas y modos de aparecérsenos, y abandonando a quien a tales postulados se atiene en la más honda indigencia intelectual, inerme frente al capricho del autoproclamado líder en su loca e incierta carrera de rinoceronte desbocado.

(4) Categorías éstas de clara raigambre hegeliana, y por ello, desde cierta perspectiva, -a la luz de los trabajos de Friedrich Nietzsche, Oswald Spengler, Jakob Burckhardt o Walter Benjamin, por citar sólo cuatro ejemplos que interpretan la historia desde posiciones escasamente complacientes con Hegel y, además, muy distintas entre sí-, punto débil de la investigación de Miguel Espinosa. Punto débil en el sentido de que la vigencia de tales categorías se da por sobreentendida en las Reflexiones cuando, a esas alturas del pasado siglo, había ya muestras de que resultaban por lo menos discutibles. A mi entender el propio Espinosa así lo advierte, y novelas como Asklepios o Escuela de Mandarines reflejarán una concepción del tiempo que ya no es histórica o reductible a categorías sistemáticas, sino tiempo mítico, relato.

(5) Distinción sutil en la que cabe percibir los ecos de la terminología empleada, a propósito del origen del Estado, por David Hume.

(6) En referencia a la así llamada Guerra contra el Terrorismo, que acoge conflictos como el de Afganistán o el de Irak, a los que cabe prever que se sumen otros, y cuyo objetivo final no parece ser sino militarizar la vida colocándonos en un permanente estado de excepción, Bush jr. afirmó que vencerían porque sólo ellos defienden el Bien, porque Dios está de su lado. Idéntico paralogismo, dicho de paso, es el que esgrimen sus enemigos declarados. Probablemente, la denominación dada a esta guerra deba cambiarse en breve por la de III Guerra Mundial.

(7) Objetivo quimérico por otro lado, teniendo en cuenta que la vida es más bien equilibrio inestable antes que previsible fijeza; pero objetivo, además, a todas luces espurio, pues trata de hacer creer como dogma de fe que seguridad y libertad son conceptos incompatibles, inversamente relacionados, argumento que está muy lejos de ser probado y que no hace sino desvelar los intereses inconfesables de una clase política empeñada en perpetuarse y, por ello, dispuesta a convencer de su carácter necesario viendo, o haciendo ver, que allí donde no reina su absoluto control, se impone el más temible de los peligros. En rigor, no es desechable la hipótesis de que, directa o indirectamente, sea capaz incluso de provocar ella misma ese peligro -si es que no lo ha hecho ya-, puesto que éste representa la conditio sine qua non de su existencia.

5/03/2012

Socorro (SOS)

A Miguel Fructuoso
    
     Humano fue Sócrates, quien nunca se engañó con más verdad que la ignorancia y no escribió una palabra. Sin embargo, Sócrates, poseído por su natural demonio, amaba el saber con tamaña devoción que no cesó de hacer preguntas hasta que sus vecinos, hartos de indiscreciones, optaron de común acuerdo por asesinarle. Con ocasión de tan solemne juicio, las leyes promovieron abierta injusticia para expulsar a los atenienses de la naturaleza y conducirlos a través de la historia.
     Diógenes, a quien Antístenes testimonió lo ocurrido, ya no quiso saber nada. Con la herencia de su padre, falsificó una tinaja de las que se usaban para enterrar a los muertos y la convirtió en su casa. Se masturbó cínicamente en el ágora profiriendo animaladas y, como perro hasta el final de sus días, vagó por las calles de Atenas en busca de un hombre que, a sus ojos, ni siquiera Alejandro alcanzó a encarnar plausiblemente.
     Veintiún siglos más tarde, en Alemania, Goethe, que debió de intuir con el opio fractales en la protoplanta, cuánto de demasiado humano había en ella, a sabiendas del peligro socrático que tal hallazgo podía acarrearle, estaba, no obstante, tan orgulloso de la buena nueva, que no pudo resistirse a componer la segunda parte de Fausto, donde la naturaleza, si bien de manera oscura *, se manifestó en un modo que trascendía con mucho lo anteriormente expresado por sus tratados científicos. En pago, Goethe, adicto como era a la vida muelle, aterrado ante el destino de ermitaño que se insinuó a sus pies, hubo de disimular ad nauseam, y representó el papel de poeta cortesano sin descreer jamás de Dios públicamente, asumiendo resignado que él ya era moderno.
     Rimbaud, que no era tan comodón y había leído a conciencia El Quijote además de Fausto, no pudo menos de acometer el paso siguiente reclamándose otro, quijotesca y absolutamente moderno, y prefirió entregarse al comercio de las armas antes que rendir la luz infernal de sus letras a una mesnada de cobardes y viles criaturas.
     Hölderlin descubrió lo mismo y emprendió su propio camino. Aunque Hölderlin, tanto más bondadoso cuanto menos dotado para el fingimiento y la lucha, luego de andar largamente, adoptó el coherente apelativo de Scardanelli y se refugió en un molino que seguro transmutó escribiendo disparates en otro imaginado y gigantesco suceso.
     Los postmodernos reconocen a este último cierto talento, ven en él una excepción entrañable, si bien luctuosa, cuyo extravío empecinado en fórmulas caducas acaso un Freud más madrugador habría remediado a base de cocaína. No tienen pinta, sin embargo, de haber leído con la atención estimulada a Goethe y es posible que, en breve, reputen de apócrifa la vida de Sócrates. A tales momias, tristes, aburridas y anticuadas, oponen nombres más vibrantes: Benjamin, Lyotard, Derrida, los actuales, el pop, incluso ancestros como Diógenes y Rimbaud, de quienes no dudan en arrogarse también legados cuando hablan o escriben o actúan, y hablan y escriben y actúan sin tregua, traicionándolos bellacamente, exigiendo como retribución inexcusable de su espectacular trabajo lo máximo de aquello que más odiaba el griego y enarbolando esa máxima del francés que, obviamente, son incapaces de comprender, pergeñando neolenguas postpoéticas que a uno y otro hubieran asqueado y de las cuales se hubiera compadecido tiernamente Scardanelli, que justifican e imponen la sucesión de horizontes desérticos, donde las palabras están vacías y desprecian la belleza, son superfluas, mera jerga de mentiras académicas, encubridora gimnasia intelectual con una batería en lugar de corazón, a cambio de la cual, el poder, previa exhibición pública de pleitesía por su parte, les abona prebendas ridículas. Así, grotescos y amorales, prosiguen esclavos su infame servicio mientras hacen gala de una infatuación que humilla la memoria de Benjamin y al mismo Goethe hubiera avergonzado, pues, por más honores que hubiese recibido a cambio, Goethe, que defendió sin ambages el belicismo prusiano de Napoleón, jamás habría consentido dirigir un teatro que, siquiera fuese lírica y sutilmente, no agitara la hipócrita conciencia burguesa. Ellos, a la inversa, barruntando por azar o ciencia infusa que en el teatro no se reza (Goethe), se afanan por exterminar la semántica hasta en el seno de sus propios eslóganes; truecan paradigma en dogma; depredan la naturaleza, la usan y la tiran; postulan pacifismo y respeto falsos (relativos, en el otro sólo), la muerte de la tragedia, dos dimensiones, lo nuevo en televisión, aeropuertos, títulos sin nada o nada pura sin título, frivolidad, obediencia, sucedáneo, malversación, anfibologías, tautologías, paralogismos, más dinero, diversión, publicidad, amor risible, parques temáticos, simulación; llaman metafísica a la incoherencia, libertad a la inercia, amplitud de miras a su ensimismamiento y miopía presentes; tienen por fin exclusivo engrosar las filas de una masa ya ni siquiera embaucada con ruedas de molino, sino estrictamente con chicle; para que el poder, cuya mano lamen persuadidos de que la muerden (y de que la muerden... ¡cínicamente!), entretanto, igual que siempre, recaude y administre muerte sin estorbos mediante el habitual despliegue de numerosa y activa gente de estaca. Leviathan, sí, ahora, absolutamente moderno, que ha logrado añadir a sus deletéreos e incontables monopolios y oligopolios, fuera de las pantallas, el monopolio del mercado de las armas, llamado "ejército profesional", "alianza de paz", "plan de seguridad democrática", "policía autónoma", etcétera, en prueba de que idéntica hazaña se extenderá pronto sobre el de las letras, puesto que los postmodernos se muestran altamente eficaces y las masas, vampirizadas, hipotecadas, estafadas por voluntad propia, acatan bombardeos, depositan su voto y únicamente rugen en pos del progreso sostenible contra el libre mercado.
     El lado amable del asunto estriba en que, sumidos como estamos hasta el cuello en semejante piélago, si de verdad queremos permanecer con vida y respirar, hemos de volver por fuerza a los misterios y ruinas de la antigüedad, y ver entonces qué pasa. Desafortunadamente, contamos con indicios sólidos de que también Nietzsche, a pesar de su lucidez y generosidad inagotables, se equivocó, cuando menos de hora, pues de otro modo no se explica que, entrados ya de lleno en el siglo por el cual apostó, sigamos sin saber nada, ni siquiera de la nada ni menos aún cómo salir de ella, por más presente y aplastante que la sintamos.

(*) No en vano dice Heráclito que la naturaleza ama esconderse.


[Publicado en el diario La Opinión de Murcia el 29 de Abril de 2012.]