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10/19/2013

Ficaria
























«De más jovencico sin saberlo pintaba el aura azul en los primeros autorretratos que me hice en el campo, luego los borré todos, posteriormente me di cuenta por qué les hacía el cerco azul claro, era muy simple, lo pintaba porque lo veía, no tenia ni puta idea de pintar, era virgen.»

«El retrato puede ser terapéutico y despojar al sujeto de cosas innecesarias o enfermedades que se quedan pegadas en el cuadro, sanar por el reflejo condicionado, como los animales, es el espejo de Kafka que a veces adelanta... como un reloj.»

Carlos Pardo Gómez


   Tierra de higueras, Ficus carica, nombre de la colonia romana que hubo entre el siglo IV y V en la comarca minera de Mazarrón. Paisajes que ha pintado Carlos Pardo Gómez, andándolos una y otra vez entre el viento, el sol y las piedras. Están expuestos en la Galería Cuadros López, detrás de la Plaza de las Flores. Óleos sobre lienzos, tablas y arpilleras forman cielos y montañas, barrancos y bosques, canteras, investigan en el color y las texturas de las materias mezcladas, en la luz de los cuadros, se adentran en la abstracción, donde el referente natural convive con un universo de conceptos y símbolos pintado de viva belleza. Cézanne guía, con amor y respeto máximos. Las vanguardias, el cubismo; las dificultades. El sentido de pintar con aceite, madera y tela bajo el bombardeo de imágenes, agentes pasivos y reflejos de él, ajenos a una tradición inmejorable.

Publicado en La Opinión de Murcia, 17/10/2013.

9/19/2012

Timocracia, de Claudio Aldaz Casanova

 

  A raíz de una anécdota personal completamente ajena a su trabajo pictórico anterior -montar una heladería junto a dos amigos de la infancia (*) con la finalidad de evitar las servidumbres comerciales del arte-, Claudio Aldaz, sobreponiéndose a sus peores sospechas, empezó a relacionarse estrechamente con bancos, cajas de ahorro y aseguradoras, con abogados y asesores fiscales, con hacienda, la seguridad social, el ayuntamiento y las más peregrinas y recalcitrantes entidades gubernamentales, con compañías de telecomunicaciones y de suministro de energías... relaciones fundamentalmente burocráticas, basadas en documentos -cartas, contratos, notificaciones, facturas, albaranes, tiquets de compra, folletos publicitarios, extractos bancarios, multas- redactados en una jerga infame desde la perspectiva de cualquiera con un mínimo de buena fe.
  Ese archivo es el soporte material que Claudio ha trabajado plásticamente para contar la particular lectura que él hace del mismo. Pues las conclusiones que extrajo de la ominosa empresa no fueron precisamente festivas. Antes al contrario, su relato es el de un encuentro con el MAL con mayúsculas y una lucha en su contra sin posibilidad de justicia, cuyo único recurso es la venganza, la befa y la denuncia sin ambages de los usos y abusos, verbales y de hecho, que los entes citados emplean en su proceder, exprimiendo hasta el paroxismo el lenguaje jurídico con el único fin de extenuar la paciencia del lector/cliente/consumidor, abrumándolo con una logorrea infernal en la forma y en el fondo, pergeñada con turbios galimatías y que jamás coincide con lo que de viva voz se le asegura que dice, puesto que el principio pacta sunt servanda carece hoy día de vigencia y nadie, menos aún un subordinado de tales instancias, se considera obligado a cumplir su palabra; para qué, si puede mentir y mentirse. Lo que importa es la avidez, la codicia. Usura, non homines, rezan varios de los papeles expuestos.
  La indefensión es permanente. Luego de un arduo estudio, los documentos desvelan estar concebidos, además de para minar la entereza del intérprete, para imponerle onerosas cargas que sólo a él le afectan, sin que los mismos supuestos que las motivan sean igualmente aplicables a la entidad de que se trate.
  Es el caso del establecimiento crediticio que grava con recargos la demora en el abono de cuotas. Recargo que el cliente tiene que afrontar a intereses leoninos a partir del primer minuto y que, sin embargo, no vincula al banco ni siquiera cuando éste se retrasa meses en la efectiva entrega de las cantidades pactadas como préstamo. Con la agravante de que las notificaciones de dichas demoras son también cobradas y, en ocasiones, hasta coinciden con felicitaciones de cumpleaños o navidad dirigidas al distinguido cliente por parte del usurero.
  La lectura atenta de una simple factura de agua revela que por el bien en sí apenas se paga un 20% del total, yendo el resto a satisfacer cánones, tasas, impuestos, comisiones, intereses y demás aditamentos innecesarios, útiles únicamente para quienes se lucran gracias a ellos, que nada tienen que ver con lo que uno necesita y quiere pero que le cuelan subrepticiamente a no ser que se resigne a prescindir de ese servicio esencial.
  Por no hablar, por ejemplo, de agosto, el mes de las notificaciones sancionadoras par excellence. Es en plena canícula cuando más meridianamente descubre el incauto la mala fe de los órganos administrativos.

 
  La relación de trapacerías podría llenar bibliotecas. El tríptico Magna sede de la letra pequeña, así como el resto de piezas individuales realizadas sobre soportes análogos -facturas, contratos, notificaciones- a las que indirectamente remite, resume a la perfección este mecanismo perverso mediante el cual el derecho pasa de ser una herramienta orientada a facilitar y regular las transacciones garantizando su seguridad, a convertirse, literalmente, en un instrumento de tortura. Mas no para ambas partes del contrato, sino exclusivamente para la así llamada débil, forzada a financiar la corrupción imperante, los cínicos y siniestros tejemanejes que perpetran la administración y las grandes empresas, aquellas que nunca actúan en igualdad de condiciones con el usuario, sino a través de esa aberración jurídica que constituyen los contratos de adhesión, según los cuales uno, o bien acepta íntegramente cláusulas que sólo un demente aceptaría, o se queda sin agua, sin luz, sin gas, sin teléfono o sin cualesquiera otros bienes y servicios vitales, no ya para desempeñar la más modesta actividad económica, sino para desenvolverse cotidianamente. Desafuero que difícilmente acataría si la educación obligatoria se hubiera tomado la molestia de informarle de ese otro principio jurídico en función del cual, en un contrato, ninguna de las partes puede imponer sus condiciones a la otra.
  De este modo, la víctima, el pardillo, elemento indispensable al mismo tiempo que inane del sistema, derrotado e inerme, toma conciencia del Horror, de su mera condición de alimento del Leviathan, y no puede menos de reconocer con angustia que su esfuerzo, lejos de servirle a él, sirve para sufragar el complejo entramado de corruptelas que se extiende a lo largo y ancho de la sociedad, sobre todo en lo económico o, por mejor decir, en lo dinerómano, ya que semejantes usos de comercio, por insostenibles a fin de cuentas, no denotan excesiva inteligencia económica.
  A través del sarcasmo y el humor negro, la venganza mezcla una estética en ocasiones aparentemente amable e ingenua, no exenta de cierta ligereza a la que contribuyen los materiales -lápiz, bolígrafo y rotulador; acuarela excepcionalmente, a modo de irónico alarde suntuario-, junto a otra más abigarrada y fieramente agresiva, con la que el relato exige vestirse más a menudo y que, para representar al adversario tan grosero como en verdad es y mofarse de él hasta el delirio, apela indistintamente a la iconografía de la cultura televisiva, cinematográfica y arquitectónica, a los periódicos y a la publicidad, a la animalización, a lo grotesco, a la parafernalia del sadomasoquismo y el terrorismo o al papel pautado, a El Bosco y a Picasso; y que, en otro orden, se sirve insistentemente del eslogan, del puro grito desesperado, desnudando con crudeza y brevedad las intenciones ocultas del poder, el masivo proceso de alienación gregaria que la fe del individuo medio (o medio individuo) -semejante a ese rucio que, en pos de la proverbial zanahoria, tira de la estatua de la libertad en el políptico titulado El sueño americano- termina nutriendo inconscientemente y por el cual es a la postre engullido. Porque no hay salida dentro del actual estado de cosas. A lo sumo, resta esta suerte de exorcismo con el que Claudio parece querer probarse a sí mismo que sigue siendo humano, que, a pesar de pertenecer a esa generación llamada X cuya incógnita ha sido finalmente despejada revelándose generación H (por muda e hipotecada), persiste aún en él, después de haber sido sometido a tamañas vejaciones, un vestigio de lucidez y sensibilidad. Es en ese último reducto indestructible donde Claudio Aldaz, "en derrota, nunca en doma" -como decía el poeta, ha encontrado alivio, la fuerza y la creatividad necesarias para construír su Timocracia, este pequeño a la vez que inacabable viaje al fondo de nuestra miseria.

(*) Se da la pintoresca circunstancia de que uno de ellos, agobiado por las responsabilidades empresariales, huyó recién iniciado el negocio y es ahora concejal.


 
 
 [Timocracia, de Claudio Aldaz Casanova se expone en la Asociación La Azotea de Murcia desde el 13 de septiembre de 2012. C./ La Estrella, 2.]
 
Fotos por cortesía de Lola Nieto.

7/26/2012

Dos libros de Ramón Gaya


  En Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica), Ramón Gaya siente el arte de una forma absolutamente radical. A su juicio, el arte no es eso en torno a lo cual merodean los entendidos, puesto que el arte no puede entenderse. No es algo sobre lo que emitir un veredicto, no puede ser objetivado ni analizado ni clasificado. Tales actividades, propias del crítico, resultan artificiales, un postizo que se le endosa al arte, y no hacen sino alejarnos de la verdad del arte. Conducen a un malentendido, a una confusión acerca de lo que es el arte. Todo lo más, el crítico, el hombre moderno, habla de cultura.
  Gaya sostiene que el arte ha de comprenderse, que ha de aprehenderse con el cuerpo, con todo el ser del hombre común, del hombre pleno de salud, inocente, silvestre, -el superhombre común-, intuitivamente, sin la mediación de crítica ni doctrina ni academia ningunas. Porque el arte pone de manifiesto un venero subterráneo que escapa incluso al control de su coyuntural creador. Es una expresión de la divina naturaleza; antes que a un individuo concreto, pertenece al pueblo. Si pudiera entenderse o explicarse, no sería. El arte es, precisamente, por esa incapacidad del hombre de entender o explicar el misterio de la vida.




  En Velázquez, pájaro solitario, Gaya se pregunta a propósito del creador de Las Meninas. Gaya conoce bien la pintura del sevillano, ha estudiado a fondo sus cuadros, los ha copiado. Pero sin encontrarles ninguna característica particular, definitoria. Velázquez se escabulle, vuela solitario y silencioso, independiente del espectador, porque no pinta cuadros en sentido estricto, sino que ha creado criaturas de aire, vivas, que bien podrían empezar a moverse o a hablar en cuanto volviésemos la cabeza, irse incluso del supuesto cuadro. Velázquez ha experimentado, ha visto en la vida Algo, ese algo intenso e inapresable que nos transmite con su pincel. Según Gaya, nada pone suyo: Diego de Silva y Velázquez -andaluz un tantico portugués-, carece de relevancia; la vida que nos muestra es lo importante, él sólo intenta revelarla sin interferir, abriéndola piadosamente a su ser libre. No es su tiempo, ni el color, ni la composición, no es un cuadro lo que nos participa Velázquez, sino la Vida en su constante fluir, más allá del arte.

[Ramón Gaya. Obra completa. Ed. Pre-Textos, 2010.]



  

5/17/2012

Atmósferas desconocidas (sobre los paisajes de Claudio Aldaz Casanova)




     En una anotación de su diario, correspondiente al dos de enero de 1947, escribe Jünger: “Si en este estadio de ahora fuese ya perfecto un cuadro, ello sería un signo de que el artista ha renunciado a la posibilidad extrema y se ha resignado”.
     Esa posibilidad extrema es lo que investigan las pinturas de Claudio Aldaz, que por un lado miran al mundo con dolor y por otro renuncian a conformarse con la alienación de la técnica y el futuro. De ahí su imperfección, que no es voluntaria, sino que ocurre como una necesidad, porque se está ahí. Se trata de una mirada que interroga al mundo sin cesar, surcando paisajes sorprendentes y descubriendo en ellos un enigma ante el que no bastan los elementos románticos, primitivos, ni los estrictamente técnicos. Son, en parte, una aventura en el vacío, entendiendo por vacío, aquí, lo desconocido.
     Centinela.
     Descargando... paisaje romántico.
     Química orgánica.
     Atmósfera desconocida verde.
     Los propios títulos denotan ya complejidad. Es más, ni siquiera esos títulos son fijos, a veces cambian, porque el paisaje no se deja apresar, no se puede reducir. El movimiento está presente siempre. En cada lugar el infinito se impone con una sobreabundancia capaz de provocar aturdimiento. La interrelación de todo lo que hay es continua, tanto que no bastaría un cuadro -ni aunque fuese un cuadro perfecto-, son precisos múltiples cuadros, y es preciso que esos cuadros se comuniquen.




     Los paisajes que aquí se muestran son externos: planos, cuerpos humanos, desiertos, montañas, caminos, escenas del espacio... Están influidos por la literatura futurista y de ciencia ficción, por el presente de una sociedad acelerada e irreflexiva, consumista, llena de aparatos de recepción y multitud de títulos, y que ataca sin consideración a la naturaleza; una sociedad políticamente enferma, donde está teniendo lugar una transformación técnica de impredecibles resultados. Claudio mira ahí con lucidez, trágicamente alegre. Siente la fertilidad, la sensualidad del mundo y especula con la enormidad que se abre ante sus ojos entre el suelo y el cielo. Utiliza tela, madera, óleos de todos los colores, alternando la luz y la oscuridad, barnices vegetales, ceniza, insectos y conchas de caracol. Así, las pinturas transmiten fisicidad y verdad, adquieren un carácter en ocasiones orgánico, terrestre, de pura materia viva.
     No obstante, ese exterior desconocido, caótico del cosmos tiene su correlato en el infinito interno del hombre. El paisaje, los paisajes, son también internos; quizá, ante todo, sean internos a pesar de las referencias culturales que en ellos aparecen. Entramos, de este modo, en el territorio que el pintor explora en tanto que psiconauta, en tanto navegante de su propia psiké, en tanto asume el riesgo de la libertad y decide emprender también ese viaje, movido por una curiosidad que nunca llega a saciarse, que quiere más y más vida.
     Se trata de esa dulce embriaguez que provoca el sexo, de la exuberancia y el vértigo que traspasa los cuerpos en el placer. La carne y la piel se vuelven también paisaje. Los cuerpos se funden voluptuosamente con la tierra, las cinturas acogen valles sinuosos, los senos se convierten en colinas y los culos perfilan la línea curva del horizonte.
     Y se trata también de la experiencia con drogas, con substancias que rompen fugazmente las cadenas del pensamiento y la sensibilidad convencionales, que generan nuevos interrogantes, donde pensar y sentir son lo mismo. Se trata de la ebriedad como posibilidad que abre la percepción a dimensiones diferentes de la existencia, sobre todo de la propia existencia, del propio yo. Se trata de sueños y pesadillas. Se trata de un peligro planetario. Y se trata de todo lo que, al cabo, aún ignoramos de nosotros mismos.
     La sucesión de interrogantes acerca del mundo y el hombre implícitos en estos paisajes permite a cualquiera que los contempla reconocer aspectos que a él mismo, alguna vez, le han inquietado o pueden inquietarle. Pero, en todo caso, la indagación comunica con el espectador, pone en común con él problemas y experiencias, a sabiendas de que las preguntas no tienen fin, de que las respuestas son frágiles y escasas, y de que la tarea resulta, por tanto, inmensa, tan desoladora y dolorosa por momentos como feraz y pródiga en recompensas.


[La muestra Atmósferas desconocidas, de Claudio Aldaz Casanova, se expone desde el 10 de mayo en el Bar(co) El Mallorquín, C./ Joaquín Costa, 10, Murcia.]