Votaría a un programa político cuyos dos únicos puntos fuesen: 1. Reformar la ley de referéndum para que, cumplido un quórum del 50%, todos y cada uno, en igualdad de condiciones, legisláramos sobre cualquier materia directamente, y 2. Una ley de iniciativa legislativa popular que permitiese a diez mil suscriptores proponer referendos sobre toda clase de normas.
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6/26/2013
6/16/2013
Isonomía
Si hay algo políticamente incorrecto ello tal vez sea, precisamente, el ejercicio del poder político por parte de los seres humanos. Algo que tiene más que ver con nuestras acciones que con los lenguajes o símbolos con que las representamos. Si algo sabemos del ser humano en el ejercicio del poder a lo largo de la historia, es de su inmensa capacidad para realizar desastres. Por eso tal vez lo idóneo no consista tanto en seguir experimentando nuevas formas de perpetuar ese dominio como en tratar de repartirlo entre todos al mismo ras para ver si así se disuelve. Para hacer esto posible, contamos con un instrumento al que se puede apelar ya, el referéndum, que según el artículo 92 de la CE de 1978 se aplicará a “Las decisiones políticas de especial trascendencia”, y que constituye una forma de gobierno exenta de privilegios. Es necesario abolir los privilegios legales. Si no somos iguales ante las leyes, las leyes nos castigan. Sería cuestión de someter a referéndum una nueva ley orgánica de desarrollo del mandato al que dicho art. 92 obliga en su párrafo 3º, el cual dice que “Una ley orgánica regulará las condiciones y el procedimiento de las distintas modalidades de referéndum”, que desarrolla de manera restrictiva la vigente ley orgánica 2/1980, creando una modalidad de referéndum prácticamente irrelevante. Es necesario reformar esa ley orgánica 2/1980 y otorgar al referéndum su capacidad de determinar “decisiones políticas de especial trascendencia”, como la reforma del código penal (sometido a una silenciosa carnicería desde hace años), el régimen fiscal, la función del ejército, el catálogo de derechos, deberes y libertades fundamentales de los ciudadanos, la forma de Estado, etcétera.
8/09/2012
Una resistencia paradójica en lo humano
Que la izquierda se ha vuelto tan retrógrada, simplista y dogmática como la derecha, se advierte claramente en su flamante manía de tildar de ultraderechistas a quienes no nos reconocemos ni en los discursos de la derecha ni en los de la izquierda y preferimos pensar la actual catástrofe política en otros términos, -Masa y Poder, por ejemplo-, hartos de ver a socialistas gobernando como fascistas y a liberales agigantando el estado hasta confines inhumanos, bestiales, diseñados a medida para reses. Derecha e izquierda no se diferencian desde hace mucho en sus actos de gobierno, orientados a alienar, controlar, reprimir y exprimir cada vez con más saña y ahínco a la población, y en lo que dicen son asimismo idénticas puesto que ambas, fundamentalmente, mienten. Tanto derecha como izquierda procuran sólo conservar su puesto en el poder a costa de los ilusos que aún les votan en ingente manada.
Resulta curioso observar cómo los últimos conatos de rebelión se han arrogado también el destierro de la mentada dialéctica. “No somos ni de derechas ni de izquierdas”, repiten sin descanso las asambleas, para, una vez dirimido el circo de vanidades, banalidades y frivolidades sin cuento, la espectacular farsa de la revolución, introducir, a modo de nota, propuestas directamente extraídas de Marx y demás festivos y novedosos reformadores.
También llama la atención recordar a esos mismos callados como putas respecto del totalitarismo entretanto transcurrían los años de así llamada bonanza, regocijándose como monos en las múltiples celebraciones del nuevo orden tecnológico, cuidándose mucho de sacar tajada, y que sea precisamente ahora, porque no hay un duro, cuando se inflaman contra los abusos del poder. ¿Qué quieren?, ¿libertad o dinero?
Uno, en cambio, tiene por su más sagrado deber y derecho defender contra viento y marea la independencia de juicio. Así lo aprendió de sus maestros y en esa búsqueda incesante todavía no ha encontrado argumento que invalide las ventajas derivadas de ello.
Es una pena que con la creciente pujanza de Masa y Poder, así como de la ciega inercia inherente a éstos, el destino inexorable del independiente sea la soledad, la paulatina despolitización, una resistencia paradójica en lo humano: cada vez menos humana en el sentido de política que lo humano ha conllevado hasta ahora.
Sin embargo, la bestialización de Masa y Poder obliga a ello, pese a que en el horizonte nada se adivine con seguridad y la incertidumbre sea acaso la única relativa certeza presente; el futuro, que se sepa, jamás ha acaecido.
Permitid que me aparte. Tarde o temprano hemos de abandonar las ciudades, que son nuestras tumbas, las mismas que cavamos día tras día sin desmayo; y venir al campo, a la mar, hambrientos de una humanidad que ya no tenemos y que aquí es cosa del pasado, porque en la naturaleza las metamorfosis continúan sin tregua, de acuerdo con la obstinada permanencia del cambio. Es en creer que somos esto o lo otro, que las cosas son esto o lo otro, -en vez de simplemente dejarse y dejarlas ser-, en la obediencia y la dominación, donde la muerte se nos está adelantando.
7/14/2012
Pensamiento de mediodía
Después de la así
llamada crisis económico-financiera, la spanishrevolution o como lo quieran denominar, y las elecciones del
20 N, en la política española sólo queda la inscripción de Dante a
las puertas del Infierno: Lasciate ogni speranza.
Esta última y falsa revuelta, su estrepitoso fracaso, certifica la derrota. Los lobos están desatados; nos encontramos a merced de criminales que harán pasto de nosotros. Únicamente resta ya seguir el consejo de Epicuro: "Libérate, hombre libre, de la cárcel que es la política".
Esta última y falsa revuelta, su estrepitoso fracaso, certifica la derrota. Los lobos están desatados; nos encontramos a merced de criminales que harán pasto de nosotros. Únicamente resta ya seguir el consejo de Epicuro: "Libérate, hombre libre, de la cárcel que es la política".
Pero es un consejo misterioso éste de Epicuro. Pues, a decir de
su maestro Aristóteles, para lograr semejante proeza el ser humano habría de
mudarse en bestia o en dios. Y está claro que andamos más cerca de
convertirnos en bestias que en dioses. Lo prueban el creciente agrupamiento de mutas (*) en las calles y el funcionamiento de las redes
masivas de internet: vanidad, banalidad, griterío, dogmatismo, frivolidad, propaganda y tontuna son la norma actual ahí; como en toda manada, el pensamiento ha sido desterrado a los márgenes. No tendría que suceder necesariamente así, pero la
estupidez del hombre se impone; la perversión semántica ha degenerado hasta el punto de que tales eventos pasan incluso por arte.
No obstante, cabe aún
un pensamiento optimista. Si para aspirar a alguna clase de
liberación, el ser humano ha de cambiar indefectiblemente su
naturaleza social, más que nunca opera la sentencia de Zaratustra:
"El hombre debe ser superado". La condición de artista
genial en la que los universitarios han intentado confinar a Nietzsche,
se demuestra una vez más errónea. Nietzsche fue, en efecto, un
artista genial, pero porque fue un pensador lúcido. Apostó por el siglo XXI y no fue moderno, sino absolutamente
moderno, como Hölderlin y Rimbaud. La libertad pasa trágicamente
por él, por Grecia, por Epicuro... De lo contrario, lo nuestro será
un futuro de reses anestesiadas en manos de carniceros.
¿Soportaremos el frío
de estar a la altura?
Dicen que la muerte por
congelación tal vez sea la muerte más dolorosa.
(*) Vid. Elias Canetti. Masa y poder. Alianza editorial.
(*) Vid. Elias Canetti. Masa y poder. Alianza editorial.
7/12/2012
Migajas políticas
Ser ciudadano de una democracia no consiste en adherirse a un partido, sino en votar las leyes.
*****
En una democracia, nadie está moralmente obligado a obedecer una ley si no ha podido participar en su elaboración. Aunque lo decisivo aquí es preguntarse qué ley puede crear una democracia que no haya solicitado la participación de hasta el último de sus ciudadanos.
*****
En gran medida, la solución política es una democracia directa y sin jerarquías públicas de hombres y mujeres libres e iguales ante la ley. Pero eso tan claro, casi nadie está dispuesto a aceptarlo, y menos dispuesto aún está a luchar por ello sinceramente, con todas las consecuencias, sin esperar a que otros actúen para hacerlo él mismo.
*****
En determinadas coyunturas, el hombre puede verse astringido a decidir entre la sociedad o la libertad. Optando por esta última hará infinitamente más por la primera que cualquier obediente ciudadano.
*****
Dadas las circunstancias, toda propuesta política que se precie de ser justa, no solamente legal, pasa, indefectiblemente, por propuestas éticas, es decir, por acciones, conductas y costumbres aplicables ya, aquí y ahora, sin necesidad de decisiones conjuntas o democráticas al respecto, radicalmente éticas, de las cuales cada uno es soberano precisamente porque realizándolas no daña a otro. La política nos iría mejor si cada uno se ocupara más de sí mismo que de los demás; no sólo de sí mismo, pero sí más de sí mismo que de los demás.
*****
A los veinte años es muy fácil amar la libertad. Lo difícil es seguir amándola y mantenerse fiel a ella cuando la juventud empieza a ser ya un recuerdo. En esa etapa se diría que los hombres dejan de amar la libertad y que por eso le son infieles. Pero los hombres no pueden dejar de amar la libertad, aunque le sean infieles; tristemente, siguen amándola y, pese a ello, la traicionan de continuo.
*****
El único límite de la libertad estriba en que nunca puede ser absoluta porque es inabarcable. No se impone, sino que vive, a pesar del poder.
5/24/2012
Nuestra enfermedad política
La
oligarquía de partidos cada vez más maniquea que padecemos, obliga
con frecuencia a que el poder sea asumido por irresponsables. Es
nuestra enfermedad política. Y se extiende cobrando tal magnitud que
parece no haber modo de remediarlo sin necesidad de recurrir a la
violencia, pues los irresponsables que nos gobiernan no quieren
reconocer las tropelías que necesariamente perpetran para llegar a
donde están, ni se avienen a hacer las modificaciones legislativas
que permitirían vivir sin someternos a más poder que el del
autogobierno. Y sin embargo, no merece la pena hacer uso de la
violencia, ni siquiera contra ese poder ávido y frívolo que día
tras día se nos impone, marcándonos la derrota. La historia del ser humano
es la historia de su fracaso como animal político. La sucesión de
guerras absurdas, esa manía del control, de querer que las cosas
sean de esta o aquella manera, sin jamás dejarlas ser lo que quiera
que sean, muestran un paisaje injusto y desalentador. Parece que la
libertad de expresión sea el único ámbito de libertad política
que queda, pero también que hay vida fuera de la política, y más rica y habitable. A fin de cuentas, es posible que
hayamos mejorado en algo con los años y
seamos capaces de vivir con más libertad política, aun cuando lo
probable sea que ésta siga menguando. Los caminos de la libertad son
infinitos y desconocemos la mayoría de ellos.
5/11/2012
Acerca de "Reflexiones sobre Norteamérica", de Miguel Espinosa
We
are America.
We
are the coffin fillers.
We
are the grocers of death.
We
pack them in crates like cauliflowers.
The
Firebombers. Anne Sexton (1)
Seguir
en su delirante andadura a quien se autoproclama como líder quizá
sea, salvo contadas excepciones que no hacen sino confirmar la regla,
una de las pruebas más fehacientes de la humana tontería. Antes al
contrario, observarlo detenidamente, estudiar sus movimientos,
retórica y acciones con rigor, adivinar sus contradicciones
internas, sus flancos débiles, sus vicios y virtudes o incluso su
estilo, esto es, aprehenderlo en su específica complejidad, supone
garantía de protección ante los más que probables atropellos que
de su parte se han de recibir en cuanto la guardia baje, ya que, de
otro modo, enfrentarlo abiertamente en plena exhibición de su
desmesura no revela sino imprudente temeridad. Parafraseando a
Jünger: cuando un rinoceronte embiste, lo sensato es apartarse sin
perderle de vista, no oponérsele de forma suicida.
Esto
es, a mi juicio, lo que lleva a cabo Miguel Espinosa en el libro que
nos ocupa. Lejos de conformarse con la retahíla de lugares comunes,
prejuicios infundados, etiquetas vacuas y clichés tan en boga, a
saber: que los Estados Unidos constituyen un pueblo sin apenas
historia (2),
sumamente inculto y orgulloso de ello, cimentado sobre la peor calaña
europea, ignorante de cuanto existe allende sus fronteras, ajeno a
cualquier eventualidad salvo a un autocomplaciente mirar la
superioridad del propio ombligo embobados los ojos en la televisión
y su omnímoda realidad, etcétera (3),
sorprende que Espinosa, en estas Reflexiones, escritas cuando
apenas contaba treinta años y que publicó la Revista de Occidente
en su primera edición allá por 1957 con el título de Las
grandes etapas de la Historia Americana, manifieste no sólo un
profundo conocimiento del sentido de la Historia, sino gran claridad
y agudeza de análisis a la hora de abordarla. Insólita opera prima,
pues, estas Reflexiones, cuyo más claro antecedente se
encuentre quizá en el tratado que Alexis de Tocqueville dio a
conocer en 1835 acerca de La democracia en América. En ellas,
Espinosa, sin titubeos, se expresa ya con ese estilo culto, preñado
de influencias clásicas y fervor por la antigüedad mediterránea
que libros posteriores consumarían, que recoge magistralmente
el mejor legado de Cervantes y el barroco español, donde el sentido
de lo estético queda vertebrado mediante una apuesta ética
insobornable, sin la que no se concibe, y que no sólo trasluce
el poderoso aliento especulativo que animará toda su obra, su
contrastada familiaridad con la Historia de la Cultura, de Platón a
Hegel pasando por Spinoza y la Ilustración, sino que le exime, pese
a su juventud, de caer en ingenuidades, demostrando poseer
sobradamente esos dos elementos necesarios en toda Filosofía que se
precie: intuición y amor veritas. Veámoslo en un fragmento que
resulta esclarecedor y en el cual define el autor murciano tres
conceptos clave a partir de los que estructurar su ensayo:
Infrahistoria, Historia Natural e Historia Universal (4):
«La Infrahistoria carece de calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. En ella no transcurre el tiempo; se detiene simplemente. Todo es allí idéntico, inmutable, eterno, falto de consciencia, fatal y determinado. Tales son los ejemplos del salvaje y de ciertos pueblos donde apenas cuenta la persona, pues no existe Historia donde no hay individualización.
»La Historia Natural posee calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Sin embargo, su especial característica estriba en materializar la expectativa humana de felicidad, a cuyo servicio están todas las demás categorías. Por ello resulta una empresa interior e inmanente, como la vida de las mujeres; algo absorto en sí mismo, que no ha podido elevarse y trascender a un empeño superior. El elemento fundamentalmente histórico de la memoria es aquí un valor subjetivo, sólo capaz de recordar el placer o el dolor. De ahí que esta realidad surja en la adolescencia o en la vejez de los grupos humanos, aunque su ideal llegue a concebirse como alto proyecto de sabiduría en ciertas comunidades o espíritus debilitados, verbi gratia, en la Europa nihilista o en Rousseau.
»La Historia Universal conoce también calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Lo imprevisible, discontinuo e indeterminado se verifica allí de modo objetivo, superando la simple calidad de suceso. Se trata de una empresa donde el conjunto de individuos parece ocupar el lugar de materia informada por un demiurgo exterior y eminentemente soberano, que opera como artista sobre la sustancia del hombre, actualizando una nueva y perenne recreación. Frente al mero suceso de la Historia anterior, la aparición de tal genio representa un verdadero acontecimiento, es decir, algo que puede ser expresado en símbolos. Ahora bien: al pasar del suceder al acontecer, o de la naturaleza al espíritu, se pasa igualmente de la felicidad a la responsabilidad, o de la biología a la abstracción. En la Historia Universal brota una categoría ajena al instinto común. Es la condición de la Cultura, que arranca la sociedad de los maternales brazos de la rerum natura, para elevarla a una posición o jerarquía superior, que hace posible, por así decirlo, la colaboración con el creador. En este sentido cabe afirmar que la Historia Universal sea parte de la naturaleza de Dios y del Espíritu, en eterno fluir y desenvolvimiento.»
Así pues, la Infrahistoria coincidiría con la etapa previa a la llegada de los colonos europeos, momento a partir del cual adviene la Historia Natural de Norteamérica, caracterizada por la decisiva impronta del alma puritano-cuáquera, no tanto en su vertiente religiosa-protestante como en su vertiente política, constituyéndose la sociedad en pequeñas comunidades radicalmente independientes, con marcado sentido individualista, donde la persona singular es inseparable del estado y viceversa, y cuya culminación o punto álgido representa la Declaración de Independencia de Thomas Jefferson, plasmación de un ideario basado en la subjetividad que tiene en la libertad, la igualdad y la búsqueda de la felicidad, derechos naturales comunes a todos los hombres y, como tales, "verdades evidentes", sus más altos valores. Ese periodo alumbra los estados federales, que disfrutan de enorme autonomía y cuyo principio es el autogobierno, desprovistos de inquietud respecto del exterior. Ahí recibe Norteamérica, encabezada por Jefferson –embajador en París durante la toma de la Bastilla- la herencia ilustrada, pero consciente de su peculiar idiosincrasia, de su diferencia sustancial en relación con el viejo continente, formando una Weltanschauung o concepción del mundo propia que es quizá el elemento configurador imprescindible para la nueva república. Tal coyuntura, que encarna la única revolución no violenta de la Historia, es el "campo de experimentación de utopías occidentales".
«La Infrahistoria carece de calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. En ella no transcurre el tiempo; se detiene simplemente. Todo es allí idéntico, inmutable, eterno, falto de consciencia, fatal y determinado. Tales son los ejemplos del salvaje y de ciertos pueblos donde apenas cuenta la persona, pues no existe Historia donde no hay individualización.
»La Historia Natural posee calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Sin embargo, su especial característica estriba en materializar la expectativa humana de felicidad, a cuyo servicio están todas las demás categorías. Por ello resulta una empresa interior e inmanente, como la vida de las mujeres; algo absorto en sí mismo, que no ha podido elevarse y trascender a un empeño superior. El elemento fundamentalmente histórico de la memoria es aquí un valor subjetivo, sólo capaz de recordar el placer o el dolor. De ahí que esta realidad surja en la adolescencia o en la vejez de los grupos humanos, aunque su ideal llegue a concebirse como alto proyecto de sabiduría en ciertas comunidades o espíritus debilitados, verbi gratia, en la Europa nihilista o en Rousseau.
»La Historia Universal conoce también calendas, estética, orden, sistema, figuras y concepción del Universo. Lo imprevisible, discontinuo e indeterminado se verifica allí de modo objetivo, superando la simple calidad de suceso. Se trata de una empresa donde el conjunto de individuos parece ocupar el lugar de materia informada por un demiurgo exterior y eminentemente soberano, que opera como artista sobre la sustancia del hombre, actualizando una nueva y perenne recreación. Frente al mero suceso de la Historia anterior, la aparición de tal genio representa un verdadero acontecimiento, es decir, algo que puede ser expresado en símbolos. Ahora bien: al pasar del suceder al acontecer, o de la naturaleza al espíritu, se pasa igualmente de la felicidad a la responsabilidad, o de la biología a la abstracción. En la Historia Universal brota una categoría ajena al instinto común. Es la condición de la Cultura, que arranca la sociedad de los maternales brazos de la rerum natura, para elevarla a una posición o jerarquía superior, que hace posible, por así decirlo, la colaboración con el creador. En este sentido cabe afirmar que la Historia Universal sea parte de la naturaleza de Dios y del Espíritu, en eterno fluir y desenvolvimiento.»
Así pues, la Infrahistoria coincidiría con la etapa previa a la llegada de los colonos europeos, momento a partir del cual adviene la Historia Natural de Norteamérica, caracterizada por la decisiva impronta del alma puritano-cuáquera, no tanto en su vertiente religiosa-protestante como en su vertiente política, constituyéndose la sociedad en pequeñas comunidades radicalmente independientes, con marcado sentido individualista, donde la persona singular es inseparable del estado y viceversa, y cuya culminación o punto álgido representa la Declaración de Independencia de Thomas Jefferson, plasmación de un ideario basado en la subjetividad que tiene en la libertad, la igualdad y la búsqueda de la felicidad, derechos naturales comunes a todos los hombres y, como tales, "verdades evidentes", sus más altos valores. Ese periodo alumbra los estados federales, que disfrutan de enorme autonomía y cuyo principio es el autogobierno, desprovistos de inquietud respecto del exterior. Ahí recibe Norteamérica, encabezada por Jefferson –embajador en París durante la toma de la Bastilla- la herencia ilustrada, pero consciente de su peculiar idiosincrasia, de su diferencia sustancial en relación con el viejo continente, formando una Weltanschauung o concepción del mundo propia que es quizá el elemento configurador imprescindible para la nueva república. Tal coyuntura, que encarna la única revolución no violenta de la Historia, es el "campo de experimentación de utopías occidentales".
Esa
Sociedad Natural, apuntalada por un sólido sentimiento de
independencia, en la que la democracia, más que a través de
instituciones, cobra cuerpo a través de los individuos, desemboca en
una tensión insostenible con el poder central, ávido de ampliar sus
competencias, y provocará a la postre, ya con Lincoln como
presidente, la Guerra de Secesión o, como Espinosa prefiere:
Conquista del Sur, pues a su parecer semeja más una guerra de
conquista que una guerra civil senso stricto (5).
La
sociedad surgida tras el conflicto bélico, no ya natural y en
ciertos aspectos telúrica, sino institucional y, en suma, moderno
estado central al modo europeo, es calificada por Espinosa como
Sociedad democrática. En esta renovada situación, Estados Unidos
tiene "en los negocios su negocio", una imparable vocación de
apertura al exterior que se concreta ante todo en Latinoamérica, y a
la vez lleva a término un excepcional proceso expansivo,
desarrollándose el país geográficamente en un territorio cada vez
mayor: Alaska en el norte, Texas al sur y Oregón y California en la
costa oeste.
Serán
el crack de Wall Street el año 29 y Europa abocada hacia una guerra
de inusitadas dimensiones, el punto crítico que producirá una nueva
revisión en los fundamentos de la nación. La subsiguiente llegada a
la jefatura del estado del populista F. D. Roosevelt acarrea una
controversia inédita, jurídica esta vez, pues los métodos
socializantes del New Deal (nuevo trato) se revelan contrarios a la
constitución original, al Weltanschauung de los Padres de la Patria,
de forma que ante el dilema planteado entre optar por un
debilitamiento del estado o recurrir a la intromisión del ejecutivo
en el poder judicial que requería la reforma constitucional, la
utilidad se impone a la libertad y la masa social decide respaldar a
Roosevelt con una aplastante mayoría en su segundo mandato.
Montesquieu se retuerce en su tumba y nace un nuevo ente político que, según Miguel Espinosa, trasciende de Sociedad democrática a Estado democrático, concepción que introduce a Estados Unidos con todas las credenciales en la Historia Universal preconizada por Hegel. Ahora no es el individuo quien realiza la democracia, ni siquiera la comunidad, sino el propio estado. Sólo el estado es ahora democrático, llegando a implantarse una auténtica "dictadura de la democracia".
Montesquieu se retuerce en su tumba y nace un nuevo ente político que, según Miguel Espinosa, trasciende de Sociedad democrática a Estado democrático, concepción que introduce a Estados Unidos con todas las credenciales en la Historia Universal preconizada por Hegel. Ahora no es el individuo quien realiza la democracia, ni siquiera la comunidad, sino el propio estado. Sólo el estado es ahora democrático, llegando a implantarse una auténtica "dictadura de la democracia".
El
discurrir que describe Miguel Espinosa ofrece una sociedad proteica,
metamórfica, pero siempre en una dirección clara: a la sazón que
el poder central se fortalece en detrimento de las atribuciones de
las federaciones y, por ende, de los propios individuos, se despliega
progresivamente una ambiciosa política exterior. Ambos aspectos
sustancian lo que significan hoy los Estados Unidos.
En los antípodas del tópico que etiqueta a la sociedad yanqui de solipsista, Estados Unidos es hoy lo que padecemos gracias a su creciente proyección internacional, que, en el colmo de la hipertrofia, adquiere rasgos mesiánicos de redentora universal y es en demasiadas ocasiones indiscernible de una ordalía medieval (6). Nada más distante de la Weltanschauung de los Padres de la Patria, cuya religiosidad, por el contrario, era no sólo terrenal, sino vaga, y cuyo propósito estribaba en conquistar la libertad limitando el poder con ayuda de las leyes. Republicanos como Jefferson o Madison jamás se hubieran avenido a la aberración de mantener el poder menoscabando la libertad y faltando a los más elementales principios del derecho.
En los antípodas del tópico que etiqueta a la sociedad yanqui de solipsista, Estados Unidos es hoy lo que padecemos gracias a su creciente proyección internacional, que, en el colmo de la hipertrofia, adquiere rasgos mesiánicos de redentora universal y es en demasiadas ocasiones indiscernible de una ordalía medieval (6). Nada más distante de la Weltanschauung de los Padres de la Patria, cuya religiosidad, por el contrario, era no sólo terrenal, sino vaga, y cuyo propósito estribaba en conquistar la libertad limitando el poder con ayuda de las leyes. Republicanos como Jefferson o Madison jamás se hubieran avenido a la aberración de mantener el poder menoscabando la libertad y faltando a los más elementales principios del derecho.
Valdría
la pena un estudio que, medio siglo más tarde, actualizase estas
Reflexiones. Como canta Bob Dylan, Things have changed, y
saber en qué medida aproximadamente nunca está de más.
Uno
se ve tentado a sugerir, por ejemplo, que en los últimos años la
política exterior norteamericana se ha expandido no ya en lo
político, sino en lo puramente económico, de lo cual lo político
se ha trocado obediente hermano menor, mero instrumento al servicio
de los negocios y la despiadada moral a ellos inherente. Ese y no
otro ha sido el pingüe botín de la Segunda Guerra Mundial, respecto
de Alemania y Japón, y de la Guerra Fría respecto del bloque
soviético y China. Contiendas tras las cuales la política de
Estados Unidos ha pasado de tener "en los negocios su negocio", a
hacer de la Guerra el negocio de los negocios. De forma que el
Pentágono administra hoy el miedo global con una rentabilidad
inaudita a lo largo y ancho de Infrahistorias, Historias Naturales y
Universales. En ello ha descubierto el otrora país de Walt Whitman
la empresa mercantil par excellence.
La
duda crece a la hora de elucidar si el propósito de Estados
Unidos radica hoy en erigir un Imperio mundial o antes bien en
limitarse a gobernar el caos, esto es, a permitirlo, suprimirlo o
manipularlo según su particular interés.
Cualquiera
puede, además, darse cuenta de que desde J. F. Kennedy la limpieza
de los procedimientos electorales norteamericanos deja bastante que
desear, alcanzando el paroxismo de la desvergüenza en la elecciones
que encumbraron al dipsómano presidente Bush hijo. Por ello puede
cualquiera preguntarse sin temor a ser tachado de apocalíptico si de
la "dictadura de la democracia" rooseveltiana que señalaba
Espinosa no se habrá acaso pasado a una "dictadura de la economía"
o, por mejor decir, "dictadura del dinero" sin más, pues no
denota excesiva lucidez económica fomentar una industria que en su
mayor parte es pura depredación de los ecosistemas. Tiranía en la
que grandes corporaciones empresariales, corrompidas hasta los
tuétanos (casos Xerox, Enron, Arthur Andersen, etcétera),
subvencionan a los partidos políticos poniendo y quitando
presidentes a su antojo al tiempo que los despojan de toda influencia
respecto de su propio país, librando los delirios de tales títeres
castrados y edípicos hambrientos de poder exclusivamente al ámbito
internacional, donde ejercen su señorío inobjetable con la
pusilánime aquiescencia de los representantes del resto del planeta,
gobiernos europeos a la cabeza, pues es sin duda Estados Unidos el
garante máximo de toda verdadera democracia, como en Florida se
probó de forma transparente.
A
todo esto cabe añadir que el atentado del 11 de septiembre de 2001
sirvió al ejecutivo estadounidense para perpetrar, amparándose
en la consecución de una mayor seguridad (7),
un auténtico Golpe de Estado, ciertamente velado, pero Golpe de
Estado a fin de cuentas, pues cuando a los cuerpos de seguridad y al
ejército de cualquier país les son concedidos en sus actividades
poderes discrecionales poco menos que ilimitados, (y así con la
Administración en general, que más bien se autoconcede tales
prerrogativas), por mucho que esos privilegios sean habilitados
mediante leyes escritas, se conculca el principio de legalidad o rule
of law, que precisamente nace para evitar tal arbitrariedad. El
imperio de la ley consiste en que la entera actividad del estado esté
sujeta a regulación a fin de que pueda preverse cómo el poder va a
actuar en todo momento frente a una u otra situación. Ese principio
es lo único que verdaderamente garantiza cierta seguridad, acaso la
única posible: la seguridad jurídica. Una administración a la que
se le permite actuar discrecionalmente cuando y como desee, por más
que sean las propias leyes las que le permitan hacerlo, no se atiene
a los postulados del estado de derecho, pues éste constituye una
técnica para el control del control, no para la extensión del
Leviathan hasta el espacio de lo íntimo y cotidiano, terreno
inocente donde, si algún vestigio de civismo y respeto mutuo nos
queda, debemos tener por intolerable cualquier clase de injerencia.
Notas:
(1) Nosotros somos América. / Somos los que rellenan ataúdes. / Somos los tenderos de la muerte. / Los envolvemos como si fuesen coliflores. (Los Bombarderos. Anne Sexton).
Notas:
(1) Nosotros somos América. / Somos los que rellenan ataúdes. / Somos los tenderos de la muerte. / Los envolvemos como si fuesen coliflores. (Los Bombarderos. Anne Sexton).
(2) Como si la historia, o el pasado, justificaran lo que hoy pasa sólo cuando así ha sucedido desde siempre, no teniendo de este modo lo meramente posible carta blanca para realizarse jamás y condenando a la historia, que es por esencia dinámica, a un estatismo incongruente. O peor: como si la historia otorgara derechos en el presente, olvidando, paradójico fanatismo de la memoria, que no es la antigüedad lo que sustenta un derecho, sino su íntima justicia, sin la cual, por viejo que sea, debe desaparecer. Lo más que hace ese campo asolado de sangre, mentiras e iniquidad que es la Historia, y conviene valorar esto en la medida que merece, es ayudarnos a explicar el presente y ser conscientes de los errores que no han de repetirse. Como dice Polibio: “La humanidad no posee mejor regla de conducta que el conocimiento del pasado”.
(3) Tópicos de esa ralea resultan intolerables siempre, pero mucho más cuando se trata de interpretar lo que ya Tocqueville reconoció como “el gran enigma social que los Estados Unidos presentan al mundo”. Aun así el oído se acostumbra a escucharlos por doquier, -simplemente porque evitan la enojosa tarea, a punto de total extinción, de pensar por uno mismo, siquiera sea cinco minutos, en lo que verdaderamente puedan ser las cosas e intentar, por más penoso que intentarlo parezca, ilustrarse al respecto-, velando así la multiforme realidad, sus variadas y policromas facetas y modos de aparecérsenos, y abandonando a quien a tales postulados se atiene en la más honda indigencia intelectual, inerme frente al capricho del autoproclamado líder en su loca e incierta carrera de rinoceronte desbocado.
(4) Categorías éstas de clara raigambre hegeliana, y por ello, desde cierta perspectiva, -a la luz de los trabajos de Friedrich Nietzsche, Oswald Spengler, Jakob Burckhardt o Walter Benjamin, por citar sólo cuatro ejemplos que interpretan la historia desde posiciones escasamente complacientes con Hegel y, además, muy distintas entre sí-, punto débil de la investigación de Miguel Espinosa. Punto débil en el sentido de que la vigencia de tales categorías se da por sobreentendida en las Reflexiones cuando, a esas alturas del pasado siglo, había ya muestras de que resultaban por lo menos discutibles. A mi entender el propio Espinosa así lo advierte, y novelas como Asklepios o Escuela de Mandarines reflejarán una concepción del tiempo que ya no es histórica o reductible a categorías sistemáticas, sino tiempo mítico, relato.
(5) Distinción sutil en la que cabe percibir los ecos de la terminología empleada, a propósito del origen del Estado, por David Hume.
(6) En referencia a la así llamada Guerra contra el Terrorismo, que acoge conflictos como el de Afganistán o el de Irak, a los que cabe prever que se sumen otros, y cuyo objetivo final no parece ser sino militarizar la vida colocándonos en un permanente estado de excepción, Bush jr. afirmó que vencerían porque sólo ellos defienden el Bien, porque Dios está de su lado. Idéntico paralogismo, dicho de paso, es el que esgrimen sus enemigos declarados. Probablemente, la denominación dada a esta guerra deba cambiarse en breve por la de III Guerra Mundial.
(7) Objetivo quimérico por otro lado, teniendo en cuenta que la vida es más bien equilibrio inestable antes que previsible fijeza; pero objetivo, además, a todas luces espurio, pues trata de hacer creer como dogma de fe que seguridad y libertad son conceptos incompatibles, inversamente relacionados, argumento que está muy lejos de ser probado y que no hace sino desvelar los intereses inconfesables de una clase política empeñada en perpetuarse y, por ello, dispuesta a convencer de su carácter necesario viendo, o haciendo ver, que allí donde no reina su absoluto control, se impone el más temible de los peligros. En rigor, no es desechable la hipótesis de que, directa o indirectamente, sea capaz incluso de provocar ella misma ese peligro -si es que no lo ha hecho ya-, puesto que éste representa la conditio sine qua non de su existencia.
5/03/2012
Socorro (SOS)
A Miguel Fructuoso
Humano
fue Sócrates, quien nunca se engañó con más verdad que la
ignorancia y no escribió una palabra. Sin embargo, Sócrates,
poseído por su natural demonio, amaba el saber con tamaña devoción
que no cesó de hacer preguntas hasta que sus vecinos, hartos de
indiscreciones, optaron de común acuerdo por asesinarle. Con ocasión
de tan solemne juicio, las leyes promovieron abierta
injusticia para expulsar a los atenienses de la naturaleza y
conducirlos a través de la historia.
Diógenes,
a quien Antístenes testimonió lo ocurrido, ya no quiso saber nada.
Con la herencia de su padre, falsificó una tinaja de las que se
usaban para enterrar a los muertos y la convirtió en su casa. Se
masturbó cínicamente en el ágora profiriendo animaladas y, como
perro hasta el final de sus días, vagó por las calles de Atenas en
busca de un hombre que, a sus ojos, ni siquiera Alejandro alcanzó a
encarnar plausiblemente.
Veintiún
siglos más tarde, en Alemania, Goethe, que debió de intuir con el
opio fractales en la protoplanta, cuánto de demasiado humano había
en ella, a sabiendas del peligro socrático que tal hallazgo podía
acarrearle, estaba, no obstante, tan orgulloso de la buena nueva, que
no pudo resistirse a componer la segunda parte de Fausto, donde la
naturaleza, si bien de manera oscura *,
se
manifestó en un modo que trascendía con mucho lo anteriormente
expresado por sus tratados científicos. En pago, Goethe, adicto como
era a la vida muelle, aterrado ante el destino de ermitaño que se
insinuó a sus pies, hubo de disimular ad
nauseam,
y representó el papel de poeta cortesano sin descreer jamás de Dios
públicamente, asumiendo resignado que él ya era moderno.
Rimbaud,
que no era tan comodón y había leído a conciencia El Quijote
además de Fausto, no pudo menos de acometer el paso siguiente
reclamándose otro, quijotesca y absolutamente moderno, y
prefirió entregarse al comercio de las armas antes que rendir la luz
infernal de sus letras a una mesnada de cobardes y viles criaturas.
Hölderlin
descubrió lo mismo y emprendió su propio camino. Aunque
Hölderlin, tanto más bondadoso cuanto menos dotado para el
fingimiento y la lucha, luego de andar largamente, adoptó el
coherente apelativo de Scardanelli y se refugió en un molino que
seguro transmutó escribiendo disparates en otro imaginado y
gigantesco suceso.
Los
postmodernos reconocen a este último cierto talento, ven en él una
excepción entrañable, si bien luctuosa, cuyo extravío empecinado
en fórmulas caducas acaso un Freud más madrugador habría remediado
a base de cocaína. No tienen pinta, sin embargo, de haber leído con
la atención estimulada a Goethe y es posible que, en breve, reputen
de apócrifa la vida de Sócrates. A tales momias, tristes, aburridas
y anticuadas, oponen nombres más vibrantes: Benjamin, Lyotard,
Derrida, los actuales, el pop, incluso ancestros como Diógenes y
Rimbaud, de quienes no dudan en arrogarse también legados cuando
hablan o escriben o actúan, y hablan y escriben y actúan sin
tregua, traicionándolos bellacamente, exigiendo como retribución
inexcusable de su espectacular trabajo lo máximo de aquello que más
odiaba el griego y enarbolando esa máxima del francés que,
obviamente, son incapaces de comprender, pergeñando neolenguas
postpoéticas que a uno y otro hubieran asqueado y de las cuales se
hubiera compadecido tiernamente Scardanelli, que justifican e imponen
la sucesión de horizontes desérticos, donde las palabras están
vacías y desprecian la belleza, son superfluas, mera jerga de
mentiras académicas, encubridora gimnasia intelectual con una batería en lugar de corazón, a cambio de la cual, el poder, previa
exhibición pública de pleitesía por su parte, les abona prebendas
ridículas. Así, grotescos y amorales, prosiguen esclavos su infame
servicio mientras hacen gala de una infatuación que humilla la
memoria de Benjamin y al mismo Goethe hubiera avergonzado, pues, por
más honores que hubiese recibido a cambio, Goethe, que defendió sin
ambages el belicismo prusiano de Napoleón, jamás habría consentido
dirigir un teatro que, siquiera fuese lírica y sutilmente, no
agitara la hipócrita conciencia burguesa. Ellos, a la inversa,
barruntando por azar o ciencia infusa que en
el teatro no se reza
(Goethe), se afanan por exterminar la semántica hasta en el seno de
sus propios eslóganes; truecan paradigma en dogma; depredan la
naturaleza, la usan y la tiran; postulan pacifismo y respeto falsos
(relativos, en el otro sólo), la muerte de la tragedia, dos
dimensiones, lo nuevo en televisión, aeropuertos, títulos sin nada
o nada pura sin título, frivolidad, obediencia, sucedáneo,
malversación, anfibologías, tautologías, paralogismos, más
dinero, diversión, publicidad, amor risible, parques temáticos,
simulación; llaman metafísica a la incoherencia, libertad a la inercia, amplitud de miras a su ensimismamiento y
miopía presentes; tienen por fin exclusivo engrosar las filas de una
masa ya ni siquiera embaucada con ruedas de molino, sino
estrictamente con chicle; para que el poder, cuya mano lamen
persuadidos de que la muerden (y de que la muerden... ¡cínicamente!),
entretanto, igual que siempre, recaude y administre muerte sin
estorbos mediante el habitual despliegue de numerosa y activa gente
de estaca. Leviathan,
sí, ahora, absolutamente moderno, que ha logrado añadir a sus
deletéreos e incontables monopolios y oligopolios, fuera de las
pantallas, el monopolio del mercado de las armas, llamado "ejército
profesional", "alianza de paz", "plan de
seguridad democrática", "policía autónoma",
etcétera, en prueba de que idéntica hazaña se extenderá pronto
sobre el de las letras, puesto que los postmodernos se muestran
altamente eficaces y las masas, vampirizadas, hipotecadas, estafadas
por voluntad propia, acatan bombardeos, depositan su voto y
únicamente rugen en pos del progreso sostenible contra el libre
mercado.
El
lado amable del asunto estriba en que, sumidos como estamos hasta el
cuello en semejante piélago, si de verdad queremos permanecer con
vida y respirar, hemos de volver por fuerza a los misterios y ruinas
de la antigüedad, y ver entonces qué pasa. Desafortunadamente,
contamos con indicios sólidos de que también Nietzsche, a pesar de
su lucidez y generosidad inagotables, se equivocó, cuando menos de
hora, pues de otro modo no se explica que, entrados ya de lleno en el
siglo por el cual apostó, sigamos sin saber nada, ni siquiera de la
nada ni menos aún cómo salir de ella, por más presente y
aplastante que la sintamos.
(*)
No en vano dice Heráclito que la naturaleza ama esconderse.
[Publicado en el diario La Opinión de Murcia el 29 de Abril de 2012.]
4/15/2012
Testamento de un fanzine
1. Lugares comunes: política.
Eso que se ha dado en llamar sociedad humana, se asentó durante largo tiempo en la obediencia a Dios, que aseguraba la supervivencia incluso más allá de la muerte, superstición de la cual algunos aún hoy hacen negocio y que el racionalismo se encargó de destronar. A cambio, el racionalismo preconizó una sociedad no ya de súbditos, sino de individuos que, conformados como pueblo soberano, decidirían democráticamente el futuro de la sociedad.
A grandes rasgos, el
individualismo consiste en aquella forma de ser que otorga al hombre
una identidad propia e inalienable. El individuo, uno,
indivisible, posee un yo entero y acabado, claros lindes que le hacen
ser quien es: él mismo, distinto de todos los demás, sólo igual a
sí mismo, idéntico a sí mismo solamente. Con ello, el
individuo sabe de sí, por contraste con el otro, porque no es el
otro. Cada identidad vive distinguiéndose del resto, y ocupa su
lugar específico. De este modo, el yo está cerrado, es fijo;
franquear sus límites constituye la aniquilación de la identidad
individual y, por ende, la de la sociedad entera. El sistema requiere
de identidades, que cada cosa sea cada cosa y cada quien sea cada
quien, para que todo sea predecible y seguro, para que todo esté
bajo control.
A esto se lo llamó
progreso.
Igual que la sola
superstición no puede satisfacer al hombre por cuanto sus respuestas
niegan las explicaciones de la razón e intentan que en lugar de
plantear interrogantes, el hombre obedezca simplemente, tampoco la
sola razón puede bastarle, ya que se ve de continuo abrumado
por fenómenos que la razón no puede explicar y que, por más que
ésta niegue, espolean su curiosidad y agudizan sus preguntas,
preguntas a las que ni la fe ni la razón pueden responder por sí
solas de forma satisfactoria. Ambas concepciones, irracionalismo solo
o racionalismo solo, radicalmente limitados como son, condenan al
hombre a conformarse no ya con un aspecto parcial de sí mismo y del
mundo, sino con un prejuicio acerca de sí mismo y del mundo. Se
ensalza a Dios o a la Ciencia y se trata luego por todos los medios
de que el mundo se adecue a esas ideas; se le obliga a hacerlo
mediante amenaza y coerción si demuestra contumacia. Sometido a su
señorío, el hombre queda mutilado de manera cruel, reducido,
despojado de cualquier atisbo de plenitud.
Pero como lo
propio de la vida es permanecer precisamente cambiando y dado que el
hombre no es ajeno a esto, tampoco el racionalismo ha cumplido su
ideal. El mundo ha persistido en su rebelde naturaleza, mutando sin
tregua. Ese cambio, sin embargo, no ha sido fruto de la voluntad del
hombre como se nos prometía, puesto que los individuos, estancados
en su identidad irrenunciable y, por tanto, incapacitados para
adaptarse a un entorno que nunca es igual, bastante tienen con no
sucumbir en medio del fragor como para encima constituirse en pueblo
soberano y gobernarse libremente. La sociedad se transforma con los
impulsos de la técnica a un ritmo cada vez más rápido. El tiempo
es más denso; el espacio se agosta. En esa sociedad cambiante,
acelerada, el individuo, obcecado en su ser igual a sí mismo, en el
rigor de la fijeza, ve amenazada su identidad por lo otro y por los
otros sin desmayo. Sus fronteras, tan seguras antaño, empiezan a
difuminarse peligrosamente; neurosis, ansiedad y demás trastornos,
crecen. Ante el asedio, su defensa ha consistido en refugiarse más y
más en su individualidad, replegándose una y otra vez hacia sí
mismo, manteniendo su identidad menguándola, puesto
que sólo en ella es, sólo aferrado a ella puede sobrevivir. Su
identidad es su única certeza, su única realidad, y, aunque sea
minúscula, lo salva. La sociedad, entretanto, como si de un ser vivo
autónomo más se tratase, prosigue sus metamorfosis con creciente
desdén hacia el individuo; éste, consumido por el miedo, tiende a
simplificarse al máximo, para que le sea más fácil preservar su
identidad. El proceso termina por vaciar al individuo hasta rebajarlo
a la condición de mera cifra. No existen dos números iguales, cada
guarismo conserva su identidad, por consiguiente, como es lógico,
sólo degradado al estatuto de número puede el individuo sobrevivir
en un mundo que cambia sin cesar. La identidad termina por resultar
indiferencia y la sociedad fruto de la razón una sociedad de masas.
En esa sociedad cada individuo es una cifra estadística cuyo único
interés reside en sobrevivir, en conservar su posición a costa de
lo que sea. El miedo se convierte en elemento exclusivo de
integración social. La gestión de lo público, la política, o
mejor dicho, el poder -usurpador por antonomasia de lo político- no
es más que administración de ese miedo, único universal vigente
aquí y ahora. Como describió Canetti, el asunto se resume en un
paisaje de Masa y Poder.
Sobre la masa actúan
fuerzas que rivalizan entre sí, a veces contrapuestas y a veces
coincidentes: gobiernos, líderes, instituciones, medios de
información, partidos políticos, modas, iglesias, nacionalismos,
terrorismos, poderes financieros... La presión que estas fuerzas
ejercen marca el rumbo, normalmente identificando enemigos de los que
librarse, apelando al miedo común. La ridícula voluntad de números
que ignoran su condición inmersos en una competición sin cuartel,
no puede hacerlo. Sin embargo, ninguna de esas fuerzas ha adquirido
todavía poder suficiente como para sobreponerse a las demás, de
manera que la masa vaga sin dirección, sin un objetivo concreto,
menos aún con un proyecto de convivencia compartido, aterrorizada y
compelida por una inercia irresistible que arrastra consigo todo y
a todos, siempre ávida de crecimiento. En su seno, la libertad se
convierte en un chiste para oligofrénicos o incautos. Constatar este
hecho es constatar que el pueblo, tal y como lo definió el
racionalismo, ha muerto.
Semejante estado de cosas obliga a examinar qué sentido, qué grado de verdad, qué realidad efectiva pueden tener el derecho y la democracia como instrumento y forma, respectivamente, de gobierno de la sociedad humana. Más aún porque, como apuntábamos arriba, el poder se ha enseñoreado de la política arbitrando desde el principio mecanismos que le habilitasen para continuar ejerciendo su control, o incluso para acrecentarlo. Rasgo muy de acuerdo con nuestra época, marcada por la preeminencia del sucedáneo.
Semejante estado de cosas obliga a examinar qué sentido, qué grado de verdad, qué realidad efectiva pueden tener el derecho y la democracia como instrumento y forma, respectivamente, de gobierno de la sociedad humana. Más aún porque, como apuntábamos arriba, el poder se ha enseñoreado de la política arbitrando desde el principio mecanismos que le habilitasen para continuar ejerciendo su control, o incluso para acrecentarlo. Rasgo muy de acuerdo con nuestra época, marcada por la preeminencia del sucedáneo.
Dejando aparte que la
representación política impide al individuo responsabilizarse de
los asuntos públicos de manera directa y es oligopolio exclusivo de
partidos organizados jerárquicamente, que es irrevocable y, por
tanto, contraria al derecho, y que tal representación carece ya de
justificación puesto que la técnica permite que la voz de los
individuos sea oída sin intermediaciones; dejando aparte leyes
electorales amañadas; dejando aparte que la separación de poderes
se ha esfumado, puesto que es el ejecutivo el que mayormente legisla
y no ya el Parlamento, y puesto que el gobierno se inmiscuye de
continuo en el poder judicial; dejando aparte incluso que, en aras de
la seguridad y la eficacia, la administración goza de
discrecionalidad creciente a la hora de ejercer sus funciones,
vaciando de contenido el principio de legalidad –único principio,
dicho de paso, que garantiza la única seguridad posible, esto es, la
seguridad jurídica-. Dejando aparte todos estos resortes de los que
el poder se ha servido para perpetuar su dominio, cabe decir que lo
más grave estriba en continuar creyendo con fe ciega que el
individuo-masa, ocupado en trabajos meramente productivos, en los
cuales muere cualquier destello de espontaneidad que pudiera quedarle
-en tanto que número irracional tal vez-, adoctrinado de continuo
por noticias unilaterales donde se le exhiben toda suerte de peligros
y males y se le ordena cómo debe comportarse para evitarlos,
mediante las que cree percibir qué pasa en cada rincón del mundo,
experimentando así el mundo sólo a través de intermediaciones
-nunca de primera mano-, y embrutecido con divertimentos que no le
proporcionan placer sino narcosis, sigue participando como buen
demócrata del gobierno de la sociedad, y que derecho es sinónimo de
legislación. La trampa consiste en hacerle creer que en ese
escenario su libertad persiste, que posee librepensamiento, autonomía
moral y sensibilidad estética. La mentira radica en hacer que el
lenguaje, atributo humano par excellence, carezca ya de
significado, en degradarlo hasta la saciedad, hasta vaciarlo de
sentido para remitirnos a aquello que al poder –dinerario,
religioso, político...- conviene en cada momento para lograr sus
propósitos, pues aunque el poder fracase sin excepción a la hora de
lograr sus propósitos, venderá al individuo su derrota como un
éxito impar en la historia. La tragedia estriba en que así,
sólo así, puede el individuo subsistir, creyendo que su libertad,
su voluntad y su virtud permanecen intactas, y que su obediencia
contribuye al desarrollo ineluctable del progreso. Aunque sea un
número insignificante e indiferente, manipulable a diestro y
siniestro y su libertad, su voluntad y su virtud existan sólo en la
medida en que afiance su fe en ellas, sólo en la medida en que su
respeto al lenguaje sea aniquilado: cuando llama libertad, verdad y
belleza al miedo, a la mentira y a lo feo; cuando a la muerte la
llama bienestar, y sonríe complacido.
Pese a todo, la vida se
obstina en su rebelde naturaleza, e igual que sobre la masa no se
impone poder alguno de forma omnímoda y de la pugna entre ellos es
una inercia irresistible y sin rumbo el único fruto, tampoco la masa
se impone, ni son todos los hombres un número... no todavía al
menos. ¿Quienes son, entonces, esos hombres? ¿Qué son?
Coaccionados, sin fe, atronados por el tráfago de palabras huecas
mientras todo en torno suyo se derrumba. Invisibles, sin voz, sin
saber qué hacer, intuyendo que el poder no oculta sino mentiras,
pero sin albergar certeza alguna tampoco, indefensos en mitad del
caos. Negándose a asumir la triste, huera, fría, intercambiable
condición del número, negándose a sí mismos, negando su
identidad, con dolor profundo. La naturaleza y su rebeldía se
obstinan en ellos.
Un hombre así no es un
individuo. Cuando siguió a Heráclito y se dejó de historias, Hegel
lo expresó mejor: “es lo que no es y no es lo que es”, o sea,
pura posibilidad. No es fijo ni uno ni se acaba nunca, no se deja
apresar, no es nadie y puede ser cualquiera; como la rebelde
naturaleza, se transforma sin desmayo, in-idéntico. Ni como
el individuo-masa ni como él mismo siquiera, cambiando en todo
momento de máscara... persona.
Digamos que, como todas
las palabras, el término “persona” es una metáfora. Pero sin
duda constituye una metáfora más exacta que el término
“individuo”, ya que éste, referido al ser humano, resulta ideal,
puesto que o bien termina por reducirlo a simple número conformador
de la masa, o bien, siendo como es el individuo, fijo, unitario,
indiviso, un yo cerrado e idéntico sólo a sí mismo, niega la
genuina naturaleza del hombre: “ser lo que no es y no ser lo que
es”, substancia plural que permanece cambiando. Por eso la palabra
persona supone una metáfora más acertada, que se atiene con más
rigor a lo que está designando y permite al hombre esa
indeterminación implícita en todo lo viviente, sin obligarle a
creer que es el que es, no otro.
Ahora bien, ¿qué puede
hacer cualquier persona ante una situación como la descrita? O en
palabras de Ernst Jünger: qué puede hacer “en presencia de la
catástrofe y en el interior de ella”.
Considerando la cuestión
política, que es de la que en este punto se trata, lo primero que
puede destacarse es que la persona no dispone de fuerzas ni recursos
suficientes para enfrentarse a la masa, ni siquiera para plantearle
una mínima oposición. Tratar de destruirla por la fuerza sería un
suicidio, y esperar que los individuos-masa despierten o tratar de
despertarlos no puede sino conducir a desesperación. Todo esfuerzo
en contra del statu quo fracasa de antemano, pues implica
situarse en la posición del enemigo, de modo que será criminalizado
de inmediato, contribuyendo a alimentar el miedo y, lejos de alcanzar
su objetivo, servir de argumento al Leviathan, que todo lo devora en
beneficio propio, desvirtuando el lenguaje a su antojo para que cada
cosa sea lo que en cada momento es conveniente que sea.
Intentar cambiar el
mundo es absurdo, pues el mundo no es sino cambio en estado puro.
Tratar de dirigir o controlar ese cambio es algo que ni siquiera la
acción de los actuales poderes ha logrado, consiguiendo sólo
depredar el mundo paulatinamente. Esfuerzos de esa índole son
inútiles y desembocan directamente en la frustración y la
melancolía. Si, encima, tratan de organizarse en grupo, ya ni
siquiera es necesario que la masa y el poder los aplasten -aunque a
buen seguro lo harán-, ellos solos habrán ahorrado ese trabajo
adjudicándose una identidad en el momento mismo en que, por
contraste, tratan de diferenciarse de los otros, del otro, y, cómo
no, sojuzgarlo. La situación ha adquirido tales proporciones que
sólo resistirse a ser arrastrado por la inercia de los
acontecimientos puede surtir algún resultado provechoso. La persona
es capaz de resistirse a ser convertida en un número más, aunque su
intento sea retribuido con soledad y rechazo por parte de la masa;
puede conservar su libertad y su soberanía, puede otorgarse su
propia ley, salir de los caminos trillados y reconocerse en la
rebelde naturaleza, incluso, fugazmente, en otras máscaras o,
parcialmente, en individuos, pero no por contraste, no por no ser
como ellos, pues la persona no puede distinguirse de nada: es
cualquiera, y nunca uno: más lenguaje que matemática. Su tarea no
es social, sino personal, y su propiedad no es pecuniaria, sino
ética.
Actuar políticamente a
través de las instituciones establecidas significa ser absorbido por
ellas, pasar a engrosar las filas de la masa, otorgar al número
capacidad de decisión, prescindir de la propia libertad y prostituir
el lenguaje. Participar en política desde las vías que a la masa se
le proponen entraña renunciar a una vida digna de tal nombre y
convertirse en cómplice de una farsa. La persona actúa
políticamente de forma paradójica: al margen de la sociedad. Ahí
sí es posible que su tarea resulte efectiva, pero lo principal no es
que su labor fructifique y repercuta en el sistema, sino que le
permite mantener su libertad incólume, le permite seguir cambiando,
le permite vivir. No puede partir del orden imperante. No puede
servirse de la realidad convencional con su vacuo parloteo. Ha de
abrir las puertas al misterio, a lo posible, a aquello que “es lo
que no es y no es lo que es”, ha de reconocerse en ello, disolverse
en ello, en perpetua metamorfosis. Sólo así la política recobra su
sentido: proteger y ensanchar la libertad. Y sólo así la libertad
guarda aliento para hacer todavía preguntas.
2. Lugares desconocidos:
arte.
La llave que sirve a la
persona para abrir las puertas del misterio y de lo posible, para
aproximarse a ellos, para darles libertad, para poder ella vivir
verdaderamente, es el arte. La vida es arte o no es nada. Literatura,
plástica y música palidecen separadas de la vida concebida como
obra de arte; sólo entreveradas con ésta recobran su sentido.
Se dice que libertad,
belleza o virtud no existen más, que son términos ilusorios,
convenciones arbitrarias carentes a fin de cuentas de significado.
Esto es falso. El hecho de que se haya impuesto un uso
arbitrario o interesado de tales conceptos no revela sino la
degradación a la que el lenguaje está siendo sometido, el desprecio
cada vez mayor del poder y de las masas, pero no invalida tales
términos, que tal vez no puedan explicarse, pero que sin duda pueden
comprenderse, que quizá escapan a todo intento de definición pero
cuyo sentido último es el desvelamiento de “algo que se siente con
todo el cuerpo”, como proponía Borges.
Un uso arbitrario,
interesado del lenguaje no sólo es incapaz de acercar las cosas,
sino que aniquila cuanto nombra. La tarea del arte estriba en
permitir que su lenguaje –verbal, plástico, musical...-
reconquiste su rango y vuelva a acercar lo que nombra. Consiste,
fundamentalmente, en una destructiva labor de conservación. Lo
primero que debe hacer quien se embarque en esa aventura es profesar
auténtica veneración hacia el lenguaje con el que se mida, pues
sólo a través suyo cabe al hombre tender puentes con la naturaleza.
Cuando masa y poder han
alcanzado tal expansión que las posibilidades del ser humano de
participar todavía del mundo corren peligro de extinguirse, no puede
el arte buscar revolución alguna, ha de conformarse con llamar a las
cosas por su nombre, sin tratar de suplantarlas o controlarlas, para
lograr conocerlas y hacer posible todavía el contacto con ellas. Y
sobre todo, ha de poner de manifiesto la mentira, desnudar la
impostura que masa y poder esconden, pero recordando al mismo tiempo
que nada tiene que ver su raíz con masa y poder, y que si se ocupa
de ellos es sólo porque están degradando el lenguaje, porque están
destruyendo cualquier camino que pudiese quedar abierto al hombre
para vivir de acuerdo a su naturaleza.
Es una tarea hercúlea,
inmensa, que exige la entrega total de quien la acomete. De nuevo se
hace imposible que pueda atenerse a los senderos trillados, que pueda
esperar respuesta positiva por parte de la masa y el poder. En el
momento en que trate de conciliarse con éstos estará rompiendo los
lazos con su fuente originaria de vida, se estará prestando a usar
un lenguaje envilecido. De nuevo ha de volver la espalda a la
sociedad e internarse en tierra de nadie, no buscar el reconocimiento
de los otros, sino reconocerse en lo otro, transgredir esa deletérea
frontera que separa el arte de la vida o que, peor aún, considera el
arte sólo un aspecto de la vida, un entretenimiento más, un lujo.
No es un lujo el arte, más aún: si algo hay necesario es la
poesía.
Cualquier forma de arte
que olvide esta preocupación esencial traiciona su naturaleza. El
arte no puede ser amable dado el estado de cosas. Dado ese estado de
cosas, resulta difícil que pueda siquiera hallar eco. Es un trabajo
de zapa silencioso, que se desarrolla las más de las veces en los
subterráneos. En el momento en que ese lenguaje corrompido de
la masa y el poder se apropie de él, quedará esterilizado, separado de
su raíz más honda. Logra su propósito en la medida en que consiga
sustraerse a esa manipulación, en la medida en que no se deje
apresar por componendas ni pueda ser experimentado a través de
intermediaciones, en la medida en que no exista antídoto para su
veneno, cuanto más peligroso e inaceptable resulte para masa y
poder.
Ciertamente, las así
llamadas “obras de arte” proliferan por doquier, pero en el fondo
obras tales no son más que ejemplos del nivel de putrefacción
alcanzado por el lenguaje, pues su finalidad acostumbra a ser
estrictamente mercantil, un medio más de hacer dinero que si en algo
se ocupa de la libertad, la virtud o la belleza es para venderlas
como si de artículos de supermercado se tratase. Asimismo, su
inflación contribuye al mantenimiento de un circo mediático
revestido de nobles propósitos que entretiene a las masas
concediéndoles la ilusión de permanecer en contacto con el
espíritu, aunque el motor de ese circo sean intereses obscenos y el
nulo respeto a la verdad o la belleza. Vanidad, relaciones de dominio
y acaparamiento monetario es a lo que tales “obras de arte”
sirven, y sólo en la medida en que lo hagan son reconocidas como
tales. Cargos, premios, becas y subvenciones sostienen ese mecanismo
perverso para mantener al individuo en la fe de que aún tiene acceso
al arte, para que toda forma de arte que pudiera surgir sea
fagocitada de inmediato, etiquetada y rentabilizada, desligada así
de su detonante natural, de todo misterio. Como decía Stevenson, “lo
primero que debe hacer cualquiera que escoja un arte como oficio es
olvidarse de prosperar económicamente”. Un arte subvencionado es
un arte prostituido. Nada a lo que el poder o la masa favorezcan
favorece a la vida. No es posible vivir del arte, vivir del arte es
insultarlo, solamente hecha arte puede la vida seguir. El arte se
obstina en su rebeldía y fluye incontrolable.
La palabra es uno de los
medios de los cuales dispone el hombre para conocer el mundo, acaso
el más importante. En cuanto el hombre olvida o elude esto y
mediante la palabra trata de controlar el mundo para que éste se
pliegue a los caprichos de su indolencia, en vez de conocerlo y con
ello conocerse a sí mismo, en vez de aprender, niega la libertad.
Sólo fiel a la palabra puede el hombre reconciliarse con el mundo,
aunque esa reconciliación constituya una mera posibilidad. Un uso
riguroso del lenguaje no constriñe a la naturaleza ni es
incompatible con la libertad, aún más: un uso riguroso del lenguaje
abre los ojos a una visión plural del mundo, abre el mundo al
hombre, concediéndole la posibilidad de vivir. No proporciona
seguridad ni certezas, antes al contrario desvela un flujo inagotable
de abundancia que engendra por doquier, participa de ese océano
inasequible al dominio y la predicción, feraz, caótico, donde nada
sucede si no es en íntimo acoplamiento con el resto, que en su
orgía, en la confusión de su urdimbre, trasluce forma, orden,
veneros de poder cosmogónico restallando sin pausa y que mudándose
emanan eternidad.
Ese torrente de
vitalismo no puede sino horrorizar al hombre y que, empequeñecido,
humillado, inerme, éste tema ser arrasado. La primera tarea del
lenguaje que abre la intuición humana a ese mundo consiste en
librarle del miedo. De otro modo la reacción del hombre será
nombrar el mundo de forma que el lenguaje no sirva sino para subsanar
su ausencia de coraje e inteligencia a la hora de afrontar ese
misterio. El lenguaje no será ya un medio de conocer el mundo y
relacionarse con él naturalmente, sino de pervertirlo, de ocultarlo,
de apuntalar en el hombre la ilusión de dominio. El arte recobra así
su sentido: desatar la naturaleza reprimida en el hombre. Aunque el
hombre sienta pánico ante un lenguaje de esta índole, el arte le
muestra que él no es ajeno a eso que se escapa de su control y le
aterra por desconocido. Le muestra que forma parte de ese flujo
impetuoso, y que sólo mezclado con él puede conocerlo, pero que
antes ha de enfrentarse al miedo.
Esta actitud acarrea
ingentes cantidades de dolor: no sólo no sabemos a ciencia cierta
casi nada acerca de ese paisaje exuberante de la vida, sino que
tratar de reivindicarlo tal cual, sin intentar controlarlo, apenas
describiéndolo, reportará en primer lugar el rechazo del poder,
puesto que tal perspectiva disgrega la realidad en lugar de ponerle
límites, impidiendo al poder alcanzar efectividad, y en segundo
lugar rechazo también por parte de las masas, que exigen seguridad
ante lo incierto y se opondrán con virulenta furia a todo punto de
vista que siembre la duda o resquebraje sus dogmas. Por eso esta
actitud ha de expresarse en forma de batalla contra el miedo a la
muerte, que es siempre, en último extremo, el temor que subyace a
todas las manifestaciones del miedo.
Es preciso, pues,
subrayar el dolor. No reclamar dolor, en ningún caso decir que el
dolor es un precio necesario a pagar, otra especie de sacrificio,
pero sí señalar que es harto inusual una vida en la que esa
contingencia esté ausente y, más aún, que, dado el carácter de la
época, cuanto más cerca de sus fuentes primordiales se halle esa
vida, puesto que la sociedad rueda por autopistas cada vez más
alejadas de tales fuentes, más dolor sufrirá esa vida, marginada
del resto de la sociedad, sin más fuerzas que las propias pero sin
dejar por ello de ser humana, sin dejar, en consecuencia, de ser
social. El dolor no es un corolario derivado en relación
causa-efecto del aferrarse a la vida, sino más bien al contrario:
del progresivo extrañamiento de ésta en el que se empecinan las
masas y el poder, que son en última instancia quienes lo infligen al
apóstata en la mayoría de los casos.
La propuesta es
arrogarse un talante trágico como forma de estar en el mundo y
saber que no hay otro modo de sobrellevar esa tragedia que la
alegría. Cabe pensar que tanto dolor, tanta soledad, tanto rechazo,
tanta incertidumbre, serán al cabo la prueba más sólida de que la
libertad pervive. Esa debe ser la fuente de toda dicha, más aún, de
todo placer. Caer en la tristeza, finalmente, no conduce sino a la
inacción. Es urgente plantear batalla sin pensar siquiera en la
opción de rendirse, aun cuando la oposición de masa y poder se
ensañe. La palabra acude entonces como un bálsamo, derramando sus
frescos manantiales, irradiando al que se sostiene digno la libertad
y la belleza del mundo, o creando incluso realidades nuevas, si por
azar se le brinda el don de la poesía.
No hay otra manera de
preservar y agrandar la libertad que el cuidado meticuloso de la
palabra. No hay más forma de vivir que dando nombre a las cosas,
pero no para dominarlas, desplazarlas o sustituirlas, sino para
aproximarlas. El lenguaje expresa su esencia no tanto mediante
definiciones como en forma de inacabables descripciones, y es por
ello tanto más riguroso e imaginativo, tanto más exigente. Una vez
nos acercamos a los fenómenos sin prejuzgarlos, sin intentar
someterlos, descubrimos cuánto de ellos nos estábamos perdiendo, de
una modesta flor, de una brizna de yerba o un trozo de tierra, que el
infinito late ahí sólo a la espera de ser nombrado poco a poco, y
que esa tarea de precisión no tiene utilidad ni objetivo; ella sola
es el fin: ir viviendo. Se la puede incluso calificar de trabajo
en la acepción más excelsa del término: la de arte. La vida entera
vivida como trabajo creador, no el arte concebido como profesión o
medio estrictamente material de vida. El arte no satisface
materialmente la vida, sino que revela su ánima, modela el germen
inasible que palpita en ella. Buscar en el arte resuello, o paz, y
seguir luego malviviendo en medio de otros negocios, constituye un
error cuya consecuencia inmediata es la esclavitud.
Razón e imaginación se
unen aquí, vigilia y sueño fluyen como un continuum,
complementándose, arrojándose luz recíprocamente. Sólo desde esta
perspectiva integradora y dinámica cabe hablar de libertad sin
aniquilar lo que esta palabra sagrada encierra y no sabemos.
Por eso mismo es necesario seguir indagando y no contentarse con un
arte que entretenga meramente. El arte ha de poner al hombre contra
las cuerdas, señalar su cobardía, sus mentiras y sus crímenes; ha
de apuntar a la belleza del mundo, exaltar la libertad, despojado de
todo condicionamiento que la manía dineraria pretenda imponerle. Ese
arte ayuda a vivir, aunque pueda resultar sumamente turbador, y
demuestra que sólo una vida libre merece la pena ser vivida. Acceder
a su lenguaje surte de tesoros incalculables en sentido estricto:
tesoros que no se pueden cuantificar. En ello reside su riqueza, que
no es crematística, sino moral, estética.
Aumentan los ejércitos,
las prohibiciones, la sed de dominio y el afán de lucro en una
espiral vertiginosa y sin retorno. Crece el desprecio por la libertad
y los ecosistemas son destruidos. La ignorancia, el crimen y lo feo
siguen predominando entre los hombres. En esas condiciones, un arte
complaciente constituye una inmoralidad. Como postulaba Cioran: “Un
libro debe ser un peligro”. El arte, la poesía, son lo más alto a
lo que puede aspirar el hombre; degradarlos para halagar la humana
vanidad equivale a firmar su sentencia de muerte.
El lenguaje no puede
seguir escudándose en un altruismo edificante, porque la tragedia
del hombre no va a desaparecer por más que se trate de aligerar el
viaje con burdas mentiras. Y tampoco puede el lenguaje refugiarse en
el cinismo, porque la alegría no es cosa de risa: es trágica. El
lenguaje tiene que recuperar su rango y afirmar la verdad, por más
que a los hombres les pese, por más que esa verdad desgarradora se
les haga insoportable y antipática. El hombre ha de aprender a vivir
con ello, ha de aprender a vivir otra vez. Lo contrario, la
tolerancia para con el hombre, no oculta en el fondo más que una
absoluta falta de respeto hacia el hombre y el lenguaje. O, en otras
palabras, proclamar que el hombre es una especie abyecta, lejos de
difamarle, constituye un acto de filantropía. Como escribió
Nietzsche: “El hombre debe ser superado”... por él mismo.
3. Utopías: filosofía.
En lo divino creen
únicamente aquellos que lo son
Hölderlin
Afirmar un arte de estas
características, que tenga en el respeto insobornable por el
lenguaje su interés capital, ¿implica afirmar la existencia de lo
trascendente? Es decir, ¿afirma ese lenguaje una naturaleza oculta,
independiente de los hombres? Este discurso sostiene esa posibilidad,
mas no para ensalzar a Dios, pues tal conclusión resolvería el
misterio con una simpleza. Se trata, antes bien, de multiplicar ese
misterio, de multiplicar los dioses y las posibilidades de
experimentarlos. Para afrontar el misterio no es necesario recurrir a
fe alguna, basta con la experiencia; en definitiva, toda Fe supone
una renuncia al misterio. “¡La divinidad consiste en que haya
dioses pero no Dios!” –así habló Zaratustra.
La vanidad del hombre
aboca a un mundo antropomorfo, diseñado a su medida mediante un
lenguaje ramplón, meramente funcional, con el que el hombre pretende
que el mundo sea sólo en tanto se ajuste a su miopía. La palabra
pasa de ser un medio a constituirse en fin, fija las cosas en lugar
de esclarecerlas, en lugar de darles forma. Prescinde de la creación
para limitarse a legislar.
Antes que apelar a un
Dios con atributos de prestidigitador, que extrae conejos de su
chistera en cuanto el cansancio vence al hombre, o creer que el
lenguaje pertenece a éste en exclusiva y negar cualquier realidad
fuera de su subjetividad, puede el hombre sondear sus propios
demonios. Tal vez así le sea dado seguir andando el camino y no
quedarse en la cuneta aguardando que venga Dios a confirmar su
cortedad de miras o la muerte a zanjar su yermo ensimismamiento. Toda
explicación totalizadora del mundo, tanto si lo niega como si lo
reduce a una ecuación, es la expresión de una limitación que el
hombre resulta incapaz de admitir. Dios no puede aparecer y la muerte
nunca es ahora; entretanto giran los dados, lo divino juega, habla
misteriosamente en mitad de la calle, y el hombre, ciego, se engaña
o se deprime, aunque disfrace su fe de ciencia y de risa su
desesperación. ¿Por qué?
Pensaban los paganos que
entre los hombres y los dioses la diferencia era sólo una cuestión
de grados. La creatividad de su lenguaje así lo demuestra. El
racionalismo, que empeñado en perseguir fantasmas por poco no acaba
con el espíritu, persuadió al ser humano de que el lenguaje le
pertenecía, craso error que nos ha traído donde estamos.
Ciertamente el hombre es lenguaje, pero éste no le pertenece, antes
al contrario. ¿Puede el lenguaje dar forma al mundo para que el
hombre se reconcilie con él? ¿Puede la palabra reconducir esa
relación?
Hemos mencionado de
pasada lo demoníaco como territorio donde vale al hombre penetrar en
busca de respuestas que rompan sus ataduras. Pensemos primeramente en
el concepto de ello que alimentó el cristianismo. Como es sabido,
Demonio, allí, equivalía a mal. La mitología representaba a
Satanás como antagonista de Dios, como su antónimo por excelencia.
Junto a mundo y carne, el demonio era el pecado. Desde un punto de
vista estrictamente moral esto es ya significativo, pues parando
mientes en lo que dicha religión prescribió como bueno, de ninguna
otra forma que dejándose tentar por el mal podía el hombre sentir
todavía un mínimo vínculo con la vida y huir de esa escatología
necrófila y masoquista propia del cristianismo. Sin querer, ya la
grey del crucificado estaba revelando por sí misma los beneficios de
lo demoníaco. Profundizando un poco en el mito de esa figura
antagónica, contemplamos cómo Lucifer se ve obligado a desempeñar
su ingrato papel para dar cumplimiento al castigo con el que Dios
retribuye el pecado de su rebeldía. Y así, Lucifer hace honor a su
nombre, se muestra como “el que porta la luz”, alumbrando el
camino de regreso a una vida sin culpa: la desobediencia.
Pero más allá de tan
toscas maquinaciones, cuya ruin aspiración es amedrentar a niños
desvalidos, el carácter multiforme, plural, indomeñable de lo
demoníaco, se manifestó certeramente en los misterios de Dioniso
-el endemoniado dios llegado de Oriente-, que relacionaban al hombre
más estrecha y plenamente con la vida, que desvelaban su carácter
trágico y lo obligaban a experimentarla a fondo, a extraviar su
identidad, a confundirse, a mirar cara a cara al miedo. Este legado
de la sabiduría y el coraje de los paganos, que trata de acercarse a
lo desconocido sin ideas preconcebidas, podría
estimular aún hoy y servir de ejemplo. En una orgía hay
infinitamente más oportunidades de saber que en cualquier
universidad. Pese a todo, que ese potencial se realice depende a fin
de cuentas de la actitud que se adopte, pues si como suele acaecer,
tal actitud ante los misterios de Baco es frívola, el aprendizaje
que allí pudiera adquirirse resultará suprimido ipso facto.
Es evidente que el misterio requiere de predisposición al juego,
pero eso es algo de todo punto opuesto a cualquier clase de
impaciencia por la obtención de placeres inmediatos, placeres que
así se buscan no pueden menos de ser groseros, y no colman la
necesidad espiritual de conocimiento que subyace a la embriaguez, al
“juego de la naturaleza con el hombre”, como la llamaba
Nietzsche.
La physis, el
mundo físico, se propone como juego. Si no apuesta por el juego, el
hombre se desgaja del espíritu del mundo para someterse al espíritu
del tiempo, donde queda determinado y caduca irremisiblemente,
dedicado a contar los días que restan hasta que el suyo se agote.
Vencer al tiempo, salirse de él, imbuirse en la eternidad del
instante que se vive hasta la hez... he ahí el secreto. El acceso
vendrá propiciado por el juego; es el juego mismo.
Ni pasado que obligue,
ni futuro que alcanzar. Continuo, restallante presente que dinamite
el tiempo y lo haga saltar por los aires. La vida no juega a la
espalda, ni después, sino aquí y ahora; no admite demoras ni debe
nada a quien ya no juega, menos aún a quien no quiere jugar o sólo
se presta a ello con naipes marcados, menos que a nadie a quien busca
seguridad, certezas. Se carcajea de la historia y despliega su juego
fuera del tiempo, donde no hay “hechos reales” y las cosas son
sencillamente posibles.
Cada vez que el hombre
se entrega de corazón a ese juego se libera del tiempo, vive
poéticamente y se experimenta verdadero. Su
inmortalidad es fugaz, pero hacia ese margen del río ha de lanzar
todas sus escalas, tender todos sus puentes. Inscribirse en la
historia es morir ya en vida y habitar un tiempo vacío, permitir que
sea el miedo, no el juego, el juego trágico, quien guíe la acción, las palabras.
Fanzine la cabra. nº último. junio´2004
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