Dadas mi formación y mi profesión, una influencia notable de lo que escribo es el derecho. Y en derecho, pienso, si se me permite decirlo, que habrían de escribirse nada más que unas pocas leyes justas, las menos posibles, en vez de, por ejemplo, las más de seiscientas mil que actualmente integran el ordenamiento jurídico español. Por eso escribo poco. Pues aunque sea en parte jurídico, lo que escribo no quiere legislar sobre el mundo, sino describirlo e imaginarlo desde distintos puntos de vista, comentarlo. Obviamente, ya esto significa querer que algo -lo que escribo- sea de un modo determinado, ansiar poder sobre ello, en vez de vivirlo a su aire. Razón de más para escribir poco.
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8/23/2013
2/14/2013
1/25/2013
Mis problemas con la televisión
Ayer, mientras me comía una deliciosa pizza delante de la tele, asistí a la ejecución de un hombre. En la imagen, su figura se recortaba de espaldas en medio de un pedregal polvoriento, arrodillado y maniatado, con una venda en los ojos. En primer plano, una silueta oscura le apuntaba con el fusil. Luego, un disparo sordo, la ráfaga iluminando, un instante, y el cuerpo de aquel hombre se desplomó en el suelo como un saco de cebollas.
Mi reacción inmediata, automática, instintiva, no pensada, consistió en dejar de comer, como si mediante el ayuno pudiera expresar mi condolencia. Pero no sentí dolor. Apenas podía sentir nada. Continué con los ojos clavados en la pantalla, contemplando el enésimo homenaje que el mundo rendía a un futbolista.
Recuerdo haber presenciado otras veces escenas semejantes en televisión, recuerdo entristecerme o indignarme ante ellas, cambiar de canal o apagar la máquina con horror. Pero no ayer. Ayer permanecí inmerso en mi inercia de telespectador, arrastrado por la espiral de imágenes, sin saber qué pensar, ni cómo.
Horas después, avanzada la tarde, la secuencia se repetía en mi memoria. El hombre de espaldas, arrodillado, la detonación y el fulgor, y el cuerpo que caía. Una y otra vez.
Esta mañana he vuelto a recordarlo con nitidez, y sigo sin saber con certeza qué pensar. Es más, me pregunto si debo o no extraer alguna conclusión de todo esto.
Un hombre armado mata a un hombre indefenso. Algo que ha ocurrido desde el origen de la humanidad y que, por tanto, puede considerarse como propio de la naturaleza humana. Algo que, en cualquier caso, no constituye una novedad.
Lo nuevo estriba en que ese hecho es registrado y transmitido a todo el orbe de manera instantánea. Podemos verlo aun estando a miles de kilómetros. ¿Nos ayuda eso a comprenderlo?, ¿dice algo de nosotros mismos?, ¿debería hacerlo?
Lo primero que observo es el rechazo. Sin excepciones, el hecho es condenado por cualquiera que tenga noticia de él. Pero esa negación no impide que el asesinato se repita. Ahora mismo, en algún sitio, un hombre armado está matando a un hombre indefenso, y mañana otra noticia mostrará la nueva imagen de ese mismo acto.
Condenar una acción no evita que esa acción vuelva a producirse. ¿De qué sirve, entonces, el juicio?
Para encontrar un sentido, sólo puedo interpretar todo esto de una forma: veo al asesino y lo juzgo cruel, malvado. Me veo a mí mismo, que no soy un asesino, que no soy, por tanto, cruel ni malvado como él. Y entonces pienso: soy bueno.
Sin embargo, ¿podría llegar a esa conclusión de no existir el asesino?
¿Qué es peor, un asesino o quien necesita de asesinos para saberse bueno?
Otra posibilidad excluye juicios, pero temo que también el sentido: un hombre armado mata a un hombre indefenso. Yo no soy un asesino, ni voy armado; aunque tampoco me han asesinado, ni estoy indefenso. ¿Me parezco a alguno de ellos?, ¿no soy humano como ellos?
10/16/2012
Colegio
El colegio, cercado por las alambradas,
parece una jaula durante el recreo.
Hay griterío de niños que juegan, descansan de su encierro en las aulas del mastodonte
de ladrillo rojo. Entran en los baños,
corren tras la pelota,
ríen, saltan, patinan, se juntan en grupos a conversar, tramando amistades y amores,
deseos, rivalidades y envidias. Se los ve viviendo sus primeros años ahí, arremolinados bajo las farolas, pisando tierra seca y cemento, y se recuerda la propia infancia sin nostalgia, no muy distinta en el
fondo,
con las mismas demasiadas horas perdidas en un simulacro.
7/03/2012
Fractales
Veo
la urdimbre inconmensurable de relaciones en que me desenvuelvo,
tanto individual como políticamente considerado. Mi familia, mis
amigos y conocidos, la lengua en que me expreso y que entiendo, los
partidos a los que no voto, las religiones en las que no creo, las
ideas que no comparto, lo que como y lo que bebo, la mar fulgiendo
como un espejo de plata en el horizonte y este calor intenso de todos
los veranos, las costumbres que he adoptado, como leer filosofía,
madrugar, ducharme a diario, trabajar cinco días a la semana o fumar
una o dos pipas de kif de cuando en cuando, las experiencias que he
pasado... Recuerdos que una y otra vez vuelven, cada vez con mayor
fuerza. Toda la juventud ya en el recuerdo ¡y aun así más viva que
nunca! Me veo plenamente consciente de mi juventud y, como siempre,
el conocimiento llega después de lo que hubiera deseado.
Veo
que, asímismo, mi familia, mis amigos, mis conocidos, mis
desconocidos, y todo bicho viviente contemporáneo o pretérito, se
hallan o se han hallado inmersos en amalgamas comparables a la que me
afecta a mí, con algunos puntos o incluso ramificaciones en común
entre ellas pero originales en casi todo lo demás, siempre nuevas,
como fractales.
Al
fin veo eso que quizá en pos de una hipotética objetividad -la cual
no deja en el fondo de ser mera asepsia y, por tanto, relación
superficial con aquello de que trata- algunos denominan entorno o red
sociales; y que dichas perspectivas casi nunca tienen en cuenta
aspectos como el clima, la alimentación, la lengua, las costumbres,
los pensamientos y las vivencias de cada cual, fijándose
fundamentalmente en parámetros económicos y de integración social
para establecer esta o aquella visión de la realidad.
Entorno…
red… como si además de rodearlo, no lo traspasara todo eso a
uno... ¡Pues también se es entorno y red!, ¡piedra y centro
arrojados al mar!
El
viento azota los pinos afuera. Y cuanto más claro lo veo, más
complejo se me aparece el mundo. En sabiduría no hemos progresado
desde Heráclito. Hegel, que es filósofo, escribe una nota inmensa
al pie de Heráclito. Parece que describa ese pie humano con el que
el Oscuro midió el sol.
7/01/2012
Dudar o temblar
¿No
son dudas también esos temblores insondables de la incertidumbre que
ante el amor, la muerte, el dolor, la belleza, el arte y tantas otras
experiencias significativas de la vida, asaltan el pensamiento y lo
estremecen, como si trataran de succionarnos? ¿No son ellos, que lo
niegan todo y van sumándose, las verdaderas dudas?
Sin embargo, afirmar que se siente el
vértigo de temblores insondables resulta de mal tono. Tan de mal
tono como negar que se alberguen dudas. Y así, se duda sólo hasta
ciertos límites. De manera que, por lo general, la duda no guía
el pensamiento, sino que el pensamiento se sirve de la duda cuando algo
no se ajusta a su visión.
¿En tales circunstancias, no es la duda
únicamente un útil de la fe?
Cabe sospechar de la duda hasta el punto
de que resulte preferible hablar de temblores
insondables de la incertidumbre,
pero no de dudas. Para que nadie se llame a engaño y porque, de ese
modo, quizá contribuimos a que la duda recupere su rango en el
entendimiento humano.
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