Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

11/05/2013

Apocalipsis en amarillo: EL LEVIATÁN se yergue ante el ocaso evanescente de la civilización occipital (detalle)

Apocalipsis en amarillo: EL LEVIATÁN se yergue ante el ocaso evanescente de la civilización occipital
Claudio Aldaz Casanova
Técnica mixta (óleo, acrílico, collage) sobre madera. 125 x 125 cms.

Cuaderno de bitácora, 9 Brumario, MMMCLVII.

   Descargando contralengua...

   6.30 horas ante meridiano.
   Sol verde en eclipse al oeste. Marejada a fuerte marejada a huracán con intervalos aberrantes de tifón y calma chicha.
   Última inyección administrada de metilamida: 6.15 horas ante meridiano.
   El motín arrojó un resultado óptimo, sin bajas entre los rebeldes. A las 0 horas ante meridiano, con los rayos ultravioletas del crepúsculo, repartí las cápsulas: 2 unidades de archiheroína y 3 de plusmetanfetamina azul para cada conjurado, y la rebelión empezó.
   Degollado el capitán, que dormía en su litera, incauta, estúpidamente ajeno, una sección de la que formé parte redujo al oficial de guardia en el puente mientras la segunda, más numerosa, se desempeñaba de igual modo en la sala de máquinas. Los psiconautas Gracq y Galera hacían centinela en la cubierta principal de la bodega. En el puente, crujir de listones y cristales rotos. El grumete Antolinos se aferró raudo al timón. Ha sido recompensado con el puesto de timonel indefinido. Los antiguos mandos se han mostrado pusilánimes, como era de presumir, vencidos más por el miedo que por nosotros. Bill el viejo ha destripado con su navaja uno por uno a todos ellos ante el regocijo general. En menos de una hora la nave nos obedecía.
   Rumbo a sol luna 6 rojo y amarillo del este. Tormentas de arena, remolinos de polvo sideral y lluvia tersa de meteoros. Repixelado del pabellón. Ahora lucimos la seda negra de los perdedores. Combustible fósil sustituido por baterías helicoidales y paneles solares protosensibles. Taller de armamento evacuado por la sentina; en su lugar, invernaderos. Primeras siembras del huerto proyectado: patatas, centeno, tomates y hongos abundantes. Amontonamos los cadáveres en el pañol de la aleta de estribor de la cubierta inferior de la bodega; la gusanera se alimenta de ellos produciendo humus, hilo y ceniza.
   La brigada de amazonas ha querido celebrarlo llevándonos ante Amor, que nos ha regado copiosamente de squirt milagroso. “Lo reservé durante semanas para este momento” -ha dicho Amor entre sollozos, agitando su cabellera bermeja, antes de eyacular en nuestras caras extasiadas su néctar dulcísimo.
   Repartidos los habanos de beleño, fumamos plácidamente mientras la nave se desplaza entre explosiones aerostáticas. La 8ª sinfonía de Bruckner suena a máxima potencia en los altavoces. Tarárarárara, tarárarárara, tarárarárara, chánchanchanchán, chánchanchanchán, chán chan chan chán. Júbilo unánime. En luna 10, EL LEVIATÁN quedará lejos.


Publicado en el nº 1 del fanzine AEROSTÁTICO GROTESCO
http://aerostaticogrotesco.blogspot.com.es/

2/18/2013

Los papeles de Alí


  Tuve que esperarla más de dos horas, de pie bajo la lluvia, helándome de frío. Finalmente llegó. Abrió la puerta y subimos sin cruzar una palabra. Entramos en la habitación y empezó a besarme, a arrancarme la ropa. Aguarda un poco, le dije, y ella calla, déjate hacer. Su lengua revoltosa se retorció en mi boca. Tomó mi mano, la llevó a su culo y apretó con fuerza. La suya frotaba mi entrepierna. Me tiró en la cama de un empellón, riendo. Sus ojos brillaban. Te quiero, dije; calla, repitió mientras se sentaba a horcajadas sobre mí. La excitación me ganó enseguida, sus gemidos precipitaron mi orgasmo en cuanto se hizo penetrar. Tres, cuatro sacudidas a lo sumo y me derramé dentro como un principiante. ¿Ya? y había irritación en su pregunta. Perdona, murmuré. Me tienes harta, Alí. Cada vez que pronunciaba mi nombre un espasmo me azotaba el pecho. ¿Por qué sólo lo dices para protestar? ¿Qué? Mi nombre. No empieces, Alí. ¿Lo ves?, otra vez.
  Desmontó para encender un cigarro y se encerró en el baño. Escuché correr el agua de la ducha y prendí un cigarro también yo. Miré arriba, al techo, la pintura desconchada de otra habitación anónima, los insectos muertos al trasluz en el cristal del deprimente plafón, siempre en pensiones mortecinas y ruinosas, desde que llegué, y eso con suerte. Miré abajo, mi cuerpo moreno, mi sexo encogido, impregnado aún, húmedo. Sentí frío. No me acostumbro al frío del norte, ni a la lluvia.
  Salió del baño bien acicalada. ¿No te vistes? inquirió, rezumando hastío. Callé. Haz lo que quieras, prosiguió, la habitación está pagada hasta mañana. Saldré luego, añadí, he quedado con el párroco ése, dijo que me ayudaría. ¿Ese? replicó ella, ya sé yo lo que busca ése. ¿Qué insinúas? le pregunté. No conocía al sacerdote, sólo había hablado con él por teléfono, en una ocasión, aquella misma mañana, apenas dos minutos. Tampoco me quedan más opciones, continué, si no renuevo ya papeles acabarán echándome. No empieces otra vez, Alí. No empiezo nada, es sólo que a ti te importa un bledo si me expulsan o no. No es verdad. Claro, no es verdad, una polla así no es fácil de encontrar por estos pagos. No entiendes un carajo, Alí. Yo he sido sincera, nunca te he ocultado nada, y tú dices que quieres aceptarlo así, pero está claro que no puedes. Pero sabes que sería muy sencillo, que podrías arreglarlo si te diera la gana. Te he dicho mil veces que no pienso casarme contigo, Alí, ni lo sueñes, ¿de veras crees que estoy tan loca? Que nos acostemos juntos de vez en cuando no significa nada. ¿Nada? yo, ingenuo. ¡Nada! ella, tajante. Y ahora me voy. Cogió su bolso. ¡Espera! exclamé. Me levanté de la cama y sentí el suelo helado bajo mis pies. ¿Qué quieres? Nada, respondí, sólo que charlemos un rato. ¿Charlar? Lo siento, Alí, ahora tengo que irme. ¿Adónde? Tengo una cita. ¿Con quién? Ya lo sabes, no insistas. Con él sí, ¿no? Con él sí, ¿qué? A él sí piensas cazarlo, ¿no es eso? Callaba, y su silencio me enardecía como una descarga eléctrica. ¿Sólo somos eso?, ¿una buena polla o una cuenta corriente? Estás mal, Alí, no lo pagues conmigo. Me voy. No, no te vas. La agarré del brazo. Vas a quedarte un poco más, conmigo. Me haces daño, suéltame. Vas a escucharme tú ahora. ¡No aprietes tanto!
  Le solté un bofetón con toda el alma y cayó de bruces. Me miró con odio, espetándome una sonora carcajada. Sentí dolor de la humillación. Ella reía y reía, y su risa tenía un sonido horrible. No podía soportarlo, las lágrimas se me escurrían de los ojos, nublándome la vista. Su risa no cejaba, infernal. ¿Qué voy a hacer ahora? grité. Eso no es asunto mío, ella, gélida como un glaciar. Rió de nuevo. Me enfurecía oírla. Volví a pegarle, con más rabia. Se asustó. Ver el miedo en su semblante me hizo reír a mí esta vez. Volví a castigarla aún más duramente, con el puño en la sien. Clamaba. Me abalancé sobre ella, inmovilizándola con mi peso. ¡Puta! mientras le golpeaba la cabeza contra el piso.
  Después sólo recuerdo estar en la calle, bajo la lluvia y el frío, temblando, empapado, esperando al párroco en la puerta de la iglesia. No aparecía. Aquel bastardo también me hacía esperar. Llegó, finalmente llegó exhibiendo una estúpida sonrisa. Yo estaba furioso. Entramos en un bar y comenzó su perorata insufrible, apenas escuché una sola frase de lo que dijo, pero podía advertir la tierna compasión con que observaba mi infortunio desde su seguridad, clavándose en mi cuello como un cuchillo, cortante, sajándome por dentro. Sentí náuseas y corrí al retrete a vomitar. Él se quedó pasmado, mirándome con una mueca despectiva. Me lavé la cara, las manos, me mojé la nuca y me enjuagué la boca. El frescor en la garganta me apaciguó un poco. Salí de nuevo. No, la verdad era que no me encontraba bien. Sí, tal vez lo mejor fuese tomar aire, respirar hondo el aire de la noche. Afuera seguía diluviando. El cura no cesaba su parloteo; yo no escuchaba. Era como un runrún indescifrable que martilleaba mis oídos. ¿Va a ayudarme? le pregunté al fin, ¿logrará que renueve los papeles? ¿sí o no?, para eso ha venido, ¿verdad? Permaneció callado un instante y luego dijo que sí, pero también dijo que no era seguro, y que no resultaría fácil. Tengo frío, dije yo, tiritando. ¿Tienes dónde pasar la noche?, preguntó. Sí, he alquilado un cuarto en una pensión cerca de aquí. Sugirió acompañarme para tratar allí los detalles necesarios. Asentí y le señalé el camino. Poco me importaba ya cualquier cosa, andar o quedarme parado, mojarme en la calle con el estómago vacío o dormir caliente después de un festín. Sin trabajo, sin dinero, solo. Lo único que deseaba era conseguir los malditos papeles para dormir en paz, aunque sólo fuera una noche, dormir.
  Abrí la puerta de la habitación sin pensar en lo que hacía. Ella seguía allí, tumbada boca abajo sobre el charco de su sangre oscura, pastosa. El cura emitió un alarido chirriante. Cerré la puerta y le pedí que se calmara. Le acerqué una silla y le expliqué que habíamos reñido, que le había pegado pero que pensaba que estaría bien, que se habría marchado ya cuando yo regresara. Y allí estaba, muerta. Yo la había matado.
  Rompí a llorar y de rodillas me aferré al párroco suplicándole auxilio. Estoy solo, sollocé. El clérigo tomó mi cabeza entre sus manos, acarició mis cabellos. Me rogó sosiego con voz suave. No temas, susurró dulcemente, yo te ayudaré, tranquilo. Levantó mi cabeza sosteniéndola entre sus manos delgadas, pálidas. Acercó la suya. El caudal de lágrimas chorreaba por mis mejillas. De pronto sentí su lengua fría en mi boca, moviéndose de un lado a otro como un reptil nervioso. Lo arrojé lejos de mí con toda la fuerza de que fui capaz, salió por los aires su cuerpo menudo y al caer dio con la cabeza contra el suelo. Sonó un chasquido sordo, un hilo de sangre manó de entre sus labios, sus miembros se convulsionaron dos, tres veces, y se quedó rígido.



  Los periódicos locales no cuentan nada de esto. Tampoco la televisión. Ni la radio. A la salida del juzgado la turbamulta hacía guardia. Me escupían con cólera, me lanzaban imprecaciones y amenazas; un huevo podrido me alcanzó de pleno en el rostro mientras los policías me empujaban a rastras dentro del furgón. Como un perro. Nada puedo esperar ya. A sus ojos soy un asesino frío y sin escrúpulos; yo encarno la crueldad. Soy un monstruo que nada merece. Ni siquiera nombre tengo ahora. Todas las noticias me refieren con sólo dos palabras: «el marroquí». Al principio me costó entender que hablaban de mí, no me reconocía en ellas. Sigo sintiéndolas algo ajeno, lejano. Solamente por casualidad me tocan. Me he convertido en lo que ellos quieren que sea. Soy lo que estaban buscando, lo que más necesitan. Prestarme a ello ha sido el más infame de todos mis crímenes. 


12/11/2012

Jose y yo

 
  -Un poco de higiene -o- Hay que cuidar un poco la higiene -dijo ella. No lo recuerdo bien. En sus pechos veía las motas negras que le habían dejado los restos de mi barba mal afeitada la noche antes, cuando la llamé con una polla por cerebro en la cabeza.
  Lo asombroso es que hubiera contestado por la mañana, y que a mi todavía achispado ofrecimiento de venir a comer hubiese respondido que sí, y que lo dijera además sin dejar lugar a dudas ni llamarse a engaño.
  “Si cambias lo de horror por sexo, ni me lo pienso” –fue su respuesta al sms que le envié.
  Y yo, sin embargo, impaciente, consciente de que no iba a ser aquello sino la enésima prueba de que nuestros polvos apenas tenían ya significado, de que habíamos reducido su sentido al de una mera satisfacción fisiológica que en absoluto podía considerarse satisfactoria, antes al contrario.
  Una y otra vez incurría en errores similares, quizá era el alcohol lo que me mantenía apegado a querencias fuera de moda, o inactuales, como me gustaba llamarlas, o anticuadas, como otros con más razón que yo dirían, o leer casi exclusivamente a los muertos o vivir como si sólo después de muerto fuera mi vida a ser comprendida por alguien más que no fuese yo, por vete a saber qué jugada del destino que no podía desentrañar tampoco en esa ocasión, porque nunca, jamás podía estar seguro sino de las conjeturas y las divagaciones, éstas, entre la rotundidad de la afirmación y el pudor de la sugerencia, parecían capaces de expresarse más claramente que cualquiera de mis exabruptos de franqueza.
  La ebriedad es eficaz contra la rutina, pero se convierte en una costumbre. Y yo, animal de costumbres, no quería renunciar a las mías. La embriaguez me empujaba a evocaciones gratas. Eterno retorno de lo idéntico me devolvía, nuevas, aquellas sensaciones (otra vez los límites léxicos, ¿qué otra cosa es la vida sino lenguaje impropio?) tantas veces exprimidas del placer, con todo el gusto pasando por los poros. Y cedía. Ah, sí. A sabiendas del desliz imperdonable de la cerveza siguiente, de la décima de más que me obstinaba en apurar. Porque entonces la magia surgía inseparable de hechos reales absolutos como la muerte y la política.
  Cuántas veces, inmerso en situaciones prometedoras junto a mujeres jóvenes y bonitas, al principio de la fiesta, cuando el gozo se paladea en la boca y el cuerpo empieza a sentirse penetrado de turbulencias mentalmente prefiguradas e invocadas pero sólo entonces vívidas, cuántas veces no había tenido al alcance de los dedos cuerpos apabullantes, mediando un poco de prudencia, sólo un poco, y una y otra vez, una sinceridad inútil -que únicamente para mí y sólo relativamente, con los ojos puestos en mi carácter o personalidad o como quiera llamárselo, podía llegar a ser, en último extremo, relevante- me abocaba fatalmente a la torpeza, a presumir que aquel despliegue improvisado de momentánea elocuencia, de gracia, belleza y sabiduría instantáneas (que tal vez solamente yo valoraba), resultaría suficiente para que la mujer joven y bonita de cuyo cuerpo y cuya voz y cuya manera de moverse y beber o trabajar o fumar o reír yo llevara horas imaginando o pensando o conjurando el deseo de enamorarme, me aceptara, y aquella sinceridad inútil, una y otra vez, me hacía desvariar con la más incorrecta de las actitudes.
  Pero Jose había sonreído, quitándose las gafas de sol. Mostrando con timidez mal disimulada la deslumbrante emergencia de sus pezones bajo una blusa de algodón blanco probablemente carísima.
  Llevaba el coño rasurado de la misma forma que los últimos dos años.
  La primera vez que la ví así me chocó.
  -¿Tú también? –le pregunté con sarcasmo.
  -Se llaman ingles brasileñas.
  -¿Por qué? –riéndome, y con un hilo de voz, casi avergonzado- no me gusta… no es bonito.
  Ahora, en cambio, antes de bajarle las bragas ya sabía lo que me iba a encontrar. Y no me sorprendió. Ni a ella mi naturalidad al comerle aquel mismo coño que cinco años antes hubiese hundido mi erección en la más patética flacidez.
  Sólo cuando me quejé confesó que me estaba clavando sus colosales piernas de jugadora de voléibol de metro ochenta en los muslos deliberadamente, para hacerme daño.
  -Algunos son tan imbéciles que dicen que no les molesta –afirmó con seriedad, lo cual me contrarió, porque a mi me molestaba.
  El café –descafeinado para más inri- se había acabado y yo ya no sentía deseo alguno hacia aquellas tetas salpicadas de pequeñas rayas negras procedentes de mi barba. A pesar de toda la gratitud mezclada de cólera que me ardía en el pecho, mi deseo era que se fuera.
  -¿Por qué pierdes el tiempo? –hubiera querido que descifrara sin dolor en mis ojos. Porque amarme ni me hacía a mi mejor ni a ella. Era, nuevamente, una especie de costumbre. Y nosotros, animales de costumbres equivocadas, volvíamos, andado el tiempo, por aburrimiento, por la derrota constante de todos los días que nos empeñamos en negar especulando con que quizá a veces uno, de verdad, vive, Jose y yo, volvíamos a caer en ella, a practicarla, a revivirla en medio del caos.
 
*****
 
  -“¿Llevo vino?” –preguntó su sms.
  Me acordé de Li Bo y de Omar Jayyam y pensé que sí. Por supuesto, vino. Al menos esa noche, me mantenía sobrio. No había probado ni gota en toda la semana. Y sin que me costara gran esfuerzo. Después de la última depresión, lo que menos me había apetecido era oler siquiera ningún mejunje alcohólico.
  Aunque si empezaba a beber con ella quizá fuera distinto.
  -“Barro seremos en manos de alfarero” –le respondí.
  Poco más tarde, Jose apareció en la puerta con el pelo largo y castaño cayéndole en los hombros y la espalda como una cascada de ondulaciones mareantes. Llevaba la botella en la mano y el bolso lleno de cosas, como pude comprobar en cuanto entró, lo puso encima del sofá y empezó a sacar de dentro tabaco, el teléfono, un bote grande de cristal hasta arriba de marihuana y una caja de condones.
  Entonces me miró como si estuviera riéndose.
  -¿Cenamos primero o vamos directos a la cama? –deliré que me preguntaba.
  Nuestros ritmos diferían invariablemente. Ella esperaba mientras que yo trataba de ir lo más deprisa posible, lo cual me exigía, sobre todo, permanecer en calma.
  En sus labios se insinuaba una sonrisa tras la que asomaban en fila los dientes blancos y brillantes. Me giré hacia la mesa dispuesta en el comedor, con una pizza de atún y verduras humeando en el centro, y cogí el vino.
  Esta vez sí, la música iba a servir de ayuda. Antes de que llegara, había dejado sonando adrede en el ordenador una de mis listas favoritas: dj aleatorio. De modo que, por algún sitio, la cosa saldría bien. No iba a ser difícil darse cuenta. A veces salía bien.
  El jardín le gustó más de noche. La vieja buganvilla seguía cuajada de flores moradas y las ramas de las palmeras proyectaban sus sombras en la hierba alrededor de hibiscos y rosales.
  -No sería mala idea bailar –dije.
  Entré un momento a la casa, me puse una chaqueta y regresé al frío de fuera con la copa de vino en la mano.
  Jose se había arrancado a cantar:
 
Puedo hacer lo que quiera
 
  La abracé tan fuerte que sentí su risa alegrándome por dentro. Besé su cuello, sus dedos, su boca, todos y cada uno de aquellos dientes duros y cortantes… la boca de húmedos labios abiertos, su lengua dulce como la pulpa de un dátil, el hueso en el cielo de su paladar.

8/06/2012

Un fantasma de Yerba


A Encarna Ros y a Gabriel Batán,
y a sus hijos: Carlos, Gabriel y Sergio.


  “Apaga y vámonos”.
  En sueños, suele ser Baudelaire el único capaz de una respuesta convincente cuando, después de eso, alguien pregunta: “¿Adónde?”
  “¡Anywhere, out of the world!” –responde enérgico, y así nos calma, aunque sigamos perdidos.

  Lo normal era terminar en una librería. Puesto que éramos alérgicos al trabajo, carecíamos de dinero suficiente para emborracharnos todo el tiempo, y ningún otro lugar hubiera resultado acogedor. Y menos en Pantanosa, ciudad a la que nos había confinado un destino arbitrario. La costumbre era terminar en Yerba.
  Recuerdo la primera vez que entré; entonces conocí a Charles. Yo removía entre los anaqueles, buscando un par de títulos que me rondaban el magín. Pero no había forma de dar con ellos. Aquellos libros se me resistían desde hacía meses, parecían haberse borrado de la faz de la tierra, y no me atrevía a pedírselos a los libreros. El encanto se hubiera esfumado de inmediato. En cuanto abriese la boca para pronunciar los nombres, mi deseo de leerlos habría desaparecido. No me pregunten por qué. Entonces alguien me tocó el hombro. Miré a mi espalda, alrededor, y no vi nada. Nada salvo la calva reluciente del librero envuelta en una espesa nube de humo. Estaba solo en la librería.
  De pronto oí una voz cascada en mi oído. Un tipo prematuramente avejentado, con barba cana de varios días, el pelo grasiento, la piel del rostro triturada de cicatrices y que apestaba a alcohol, me dijo:
  -No hay suerte hoy, ¿eh?
  -No estoy de pesca –dije yo, antipático adrede, y añadí-: ¿De dónde ha salido?
  -Llevo meses aquí.
  Su aliento me hizo sentir náuseas, hedía como una cloaca. Me alcanzó un libro y continuó:
  -Prueba esto. Lo escribí yo hace años. Está basado en una peli –y, sorprendido de su ingenio, rompió a reír con estruendo, como un demonio venático.
  Me di la vuelta, pero el librero no se inmutaba, seguía fumando. Cuando me giré de nuevo, el tipo había desaparecido. Ni siquiera el olor del alcohol me dejó. Sólo el grueso volumen.
  Observé el libro: Hollywood, Charles Bukowski, pulcramente encuadernado en blanco plastificado, con una ilustración en rojo y naranja y violeta chillones. El dibujo era un retrato en el que un vejestorio arrugado empinaba una botella de licor ante un fondo de palmeras imposibles, azules, dejando que el líquido descendiera copiosamente por su garganta. Era clavado a la aparición de instantes antes; los ojos reflejaban el mismo brillo demencial.
  Pagué el libro, me fui a casa y lo leí de un tirón, soltando carcajadas sin cesar. “Menudo loco pervertido”, pensé, y acabé de un trago la botella de tinto con la que aderezaba mis lecturas. La tarde siguiente regresé a Yerba y allí estaba el viejo borracho otra vez, visiblemente más bebido que el día anterior, riendo de manera desagradable.
  -¿Leíste el libro? –inquirió nada más verme.
  -Sí, es bueno –le dije.
  -Es una jodida obra maestra... Pero nadie se fija en la pasión. Creen que sólo es la historia de un borracho salido que tuvo suerte al final.
  -¿Y no es así? –pregunté. Quería provocarle-. Parece que los coños y el alcohol sean lo único que le importa a Chinaski.
  -Sólo lo parece. No te dejes engañar como hacen esos adolescentes.
  -Pero... soy un adolescente.
  El viejo salió de la librería y cruzó al bar de enfrente. Le seguí. Pidió vino. Me senté a su lado y pedí cerveza.
  -¿Bebes? –preguntó, y vació su vaso.
  -Siempre que puedo –respondí, y apuré el mío.
  Pedí otras dos y el camarero las puso encima de la barra.
  -Gracias –dijo, y bebió de nuevo-. Me llamo Henry. Pero ahora que me has invitado puedes llamarme Hank.
  Y siguió bebiendo.
  -¿Qué haces en Yerba? –le pregunté.
  -Es la única librería de esta ciudad donde no me han prohibido la entrada. El librero deja a la gente en paz, y tiene libros míos siempre. Es un asco esto de tener que venderlos yo mismo, pero no hay otra forma de seguir bebiendo.
  -Pero el libro decía que habías muerto... el año pasado.
  -No creas todo lo que dicen los libros.
  Pidió otro lingotazo y prosiguió:
  -Es la pasión lo único que importa. Confía en ella porque es lo único cierto. No toda esa mierda de la sabiduría y la felicidad o la belleza. Todo eso es una mierda. La literatura es una mierda. Sólo la pasión es de verdad.
  Los vasos apenas duraban llenos entre sus manos.
  -Tal vez, pero los libros son lo único seguro que existe -insistí.
  -Durante años pensé lo mismo, pero ya no –dijo, echando otro trago-. ¿Quién necesita seguridad? –preguntó, bebiendo otra vez-, un libro no vale nada sin pasión, apréndetelo bien. La mayoría son sólo cerebro o sentimentalismo imbécil, con la barriga llena, claro. Si quieres acertar siempre, dedícate al alcohol. Ahí no caben errores.
  -In vino veritas –recité.
  -Exacto –dijo, y desapareció de súbito.
  Estuve días sin regresar a Yerba. Pero una tarde encontré a Hank emborrachándose en el banco de un parque.
  -¿No trabajas hoy? –le pregunté.
  -Ven conmigo –contestó.
  Me llevó al MAL (Monopolio Anglofrancés del Libro). Un edificio gigantesco, repleto de dependientes solícitos, que simulaba la arquitectura de un estadio de fútbol.
  -Esta gente cree que los libros son perfumes –protestó-, no tienen ni idea. Los que no piden que los envuelvan para regalo es porque se llevan libros de texto. Ni fumar te dejan. Escucha la música de lata que ponen. ¡Y no paran de comprar, fíjate! ¡Se dedican en cuerpo y alma a la literatura pero sólo les importa el dinero! Y ni siquiera lo gastan en beber. Sólo en coches, hipotecas y maquinitas... Mira a ése, acércate.
  Me puse con disimulo junto al hombre que me había señalado, un individuo de traje y corbata con el cabello engominado. Sus zapatos resonaban en el mármol del suelo al caminar. Tap, tap, tap. Se aproximó al mostrador, de espaldas a las estanterías, carraspeó y dijo:
  -Señorita, estaba buscando... Idiotas, del Doctor Yekil.
  -Un momento –dijo la mujer con voz atiplada, y componiéndose el uniforme verdiazul, empezó a teclear en el ordenador- ...ummmmm... creo que no, no tenemos nada de ese autor.
  -Entonces, a ver... –el tipo se sacó un papel doblado del bolsillo, lo desplegó, lo miró y dijo–: El Papa Gordo entonces. Sí, El Papa Gordo, de Valsak.
  -¿Valsa, dice, con uve?
  -Correcto, con uve, y con ka al final.
  La empleada escrutó en el ingenio electrónico durante un par de minutos. Al cabo, salió de su mutismo y anunció:
  -Ese no le tenemos, pero hay otro aquí que quizá te interese... Antología postpoética en neolengua, con un prólogo del Papa... ¿los Papas son gordos siempre, no?
  El tipo asintió, confirmando la lúcida observación; pese al leísmo y el tuteo, le pareció que la chica era eficiente.
  -Me lo llevo. Póngame ése y tres kilos de premios Cosmos. Todo para regalo.
  -Enseguida, caballero. Gracias por comprar en el MAL. ¿Conoce usted las ventajas de nuestra tarjeta VIP?
  Hank había vuelto a escabullirse. Salí a la calle y lo encontré vomitando sangre en los muros de la universidad.
  -¡¿Lo ves?! -aulló-. ¡Y no paran de leer! ¡No son los libros! ¡Es otra cosa! ¡Pasión, pasión! ¡Nada más que eso!
  Extrajo una petaca del bolsillo de su raída, sucia chaqueta y echó un generoso trago. Me la pasó y bebí. El contenido sabía a rayos, pero me insufló calor y ánimo.
  -¿Dónde vamos ahora? –inquirí.
  -A Yerba, claro.
  No volví a verle. Pude abandonar Pantanosa por unos meses, pero siempre terminaba retornando; el arbitrario destino me obligaba. Me quedaron sus libros, y otros más que me recomendó o que parecían llamarme a gritos desde las estanterías de Yerba, envenenados con todos los demonios de la pasión. Pero no lo vi más, a Henry. En realidad, no volví a encontrar a nadie en la librería, siempre vacía, tranquila, hospitalaria. Daba gusto estar allí. Algún rezagado silencioso y tímido de vez en cuando, como un fantasma.
  Al final tuvo que cerrar. Una pura ruina, claro. El MAL acaparaba la clientela. Todo el mundo compraba sus regalos allí. Y los lectores eran cada vez más pobres. Apenas gastaban su dinero en Yerba.

  “Apaga y vámonos”.
  “¿Adónde?” –me pregunté.
  “¡A cualquier sitio, fuera del mundo!”.
  Charles tenía razón, decidí seguirle.


[Publicado en el diario La Opinión de Murcia, el 22 de julio de 2012.]